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Juchitán, la ciudad de las mujeres: identidad de las mujeres en una sociedad zapoteca

Istmo
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El polvo se incrusta en la piel. El viento arremolina las hojas secas, los papeles y las bolsas de plástico desperdigadas por el suelo y levantadas por los aires.

 

Con el viento de cara, la respiración se hace difícil. Sin embargo, quien camina en la dirección del viento avanza más a prisa que nunca. Incluso el zanate, el pájaro negro de los zapotecas, le resulta difícil su camino que vuela a los árboles del parque cuando una racha lo ha vencido.
Las mujeres, con cestos y cajas se abren paso con facilidad a través del Viento del Norte. Sus largas faldas vuelan, cintas de colores adornan su pelo negro trenzado sobre la espalda. Tienen una apariencia grande y fuerte estas mujeres de Juchitán. Así es Juchitán en invierno: una ciudad polvorienta, sacudida por el Viento del Norte.

En verano Juchitán es un lugar húmedo, inundado por lluvias tropicales, en el que los mosquitos campean a sus anchas. En los últimos años, sin embargo, las lluvias se hacen esperar. Los habitantes de Juchitán espían el cielo y el horizonte comentando cada nube y cada trueno, a la espera de la lluvia que empapa y da vida a la tierra.

Sí porque los tiempos de las inundaciones en los que -como pasaba hace veinticinco años- las calles se convertían en ríos y las casas se llenaban de agua, pertenecen ya al pasado. Hoy se oye contar con agrado y añoranza a los más viejos, historias sobre aquellas lluvias, a pesar de que algunos años tuvieron consecuencias desastrosas: hoy en Juchitán y sus alrededores, ya no quedan bosques, pues se han sustituido por zonas de regadío, y la tala progresiva destruye la última gran zona más o menos conservada de selva tropical, entonces ¿para qué debería traer el viento la lluvia?¿qué razón tiene ella para venir cuando el calor abrasador de mayo la llama, si no quedan árboles y zonas verdes que mantengan la humedad? Este año también esperaban todos las grandes lluvias, y en junio llegaron; las calles fueron nuevamente ríos, y el río “Los Perros” de desbordó y el agua inundó sus casas.

Juchitán no es un lugar turístico. Se encuentra en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México en la zona más estrecha entre el Pacífico y el Atlántico.
La ciudad está aproximadamente a una hora en auto del Pacífico, a medio camino hay una laguna de agua salada y pesca abundante. Ocho kilómetros separan San Vicente, pueblo pesquero, de la orilla de la laguna; ocho kilómetros de un camino que en la estación de lluvias sólo es transitable por camiones de grandes ruedas y por carretas de bueyes.

San Vicente vive del pescado, jaibas y langostas que los pescadores sacan de la laguna con sus lanchas de motor, un negocio cada vez más estropeado por los barcos que pescan junto a la costa.
Desde hace siglos es la pesca, junto con la caza y el cultivo de maíz, frijol y distintas frutas, la fuente de alimentos más importante de Juchitán.
Al otro lado de la ciudad discurre la Panamericana, la gran carretera que atraviesa el Continente Americano. Una bifurcación lleva al valle de Oaxaca, la siguiente a Chiapas, en las montañas que rodean San Cristóbal de las Casas. La Panamericana viene del Pacífico, pasa por Juchitán y sigue en dirección a Guatemala.

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                                                                                         LOS ZAPOTECAS NO SON INDIOS

Juchitán con sus 63 000 habitantes, es la tercera ciudad del Estado de Oaxaca. Investigadoras e investigadores la califican unánimemente de pueblo, de comunidad indígena. Sin embargo, la palabra “indio” no les gusta a los habitantes de Juchitán: “¡no somos indios, somos zapotecas!” es la propuesta cargada de conciencia del propio valor ante la agrupación de distintos pueblos pre-españoles de México bajo el nombre genérico de “indios”.
Juchitán era una colonia zapoteca antes de la conquista de América Central por los españoles.

El príncipe Cosijoeza fundó en las cercanías de la actual ciudad de Tehuantepec una nueva dinastía. Iban huyendo de los mexicas, más conocidos con el nombre de aztecas, civilización (cultura superior) que en el siglo XV pretendía imponer tributos a otros pueblos. Los zapotecas del valle de Oaxaca, no queriendo aceptar la sumisión y la dependencia huyeron a Guiengola –donde se conservan todavía las ruinas que dan testimonio de su paso- para salvaguardar su independencia. En cuanto si estuvo o no habitado el Istmo de Tehuantepec antes de la llegada de los zapotecas existen opiniones diversas y es un tema que se sigue discutiendo.
Los aztecas vieron amenazadas sus vías de comunicación hacia Guatemala por el reino zapoteca de Guiengola y temieron dejar de recibir el cacao y la obsidiana de la región de los maya en Guatemala (la obsidiana era en aquel tiempo el medio de trueque más valioso en Mesoamérica).

En 1546 empezaron los aztecas las campañas contra Guiengola. Sitiaron a los zapotecas en vano durante siete meses, después intentaron imponerle sus tributos mediante el matrimonio de la hija de Moctezuma II con Cosijoeza, fracasado también.
En la leyenda recogida por primera vez por Burgoa, Pelaxilla hechizó al que más tarde sería su marido, Cosijoeza, de manera que éste, por casarse con ella estuvo dispuesto a conciliar la paz con los aztecas. Esta paz, sin embargo, no duró mucho.
En efecto, el siempre renovado intento de los aztecas de someter a los zapotecas, allanó el camino de Hernán Cortés, el conquistador español de México, que tras sus primeras victorias contras los aztecas fue invitado por Cosijoeza a Guiengola consiguiendo en menos de dos años el sur de México.
Hernán Cortés respetó en un principio el reino zapoteca del Istmo, hasta que Cosijopí, hijo de Pelaxilla y Cosijoeza, se bautizó. A partir de aquí cayó en la dependencia económica, los zapotecas tuvieron que pagar tributo a la corona española y se decretó la reducción de sus ganancias.
Por fin, el pueblo de Tehuantepec y los campesinos y pecadores de San Blas se impusieron con fuerza a Cosijopí que empezaba incluso, a usar, indumentaria española.

Cuando Cosijopí se dio cuenta que había perdido por completo su independencia retornó su antigua creencia y fue a visitar a los sacerdotes del centro religiosos de los zapotecas en Mitla, los llevó consigo a Guiengola y empezaron a celebrar nuevamente los antiguos cultos a los dioses mesoamericanos. Hasta que un espía cristiano, fray Bernardo de Santa María, los sorprendió en plena acción y los seis viejos sacerdotes fueron ejecutados según la regla de la inquisición.
Cosijopí estuvo en prisión en México más de un año hasta que fue pronunciada la sentencia del juez: pérdida de todos los derechos y propiedades. Con ello fue destruido el reino zapoteca del Istmo. A pesar de esto las historias de la victoriosa resistencia contra los aztecas y los españoles se mantienen todavía vivas. Y aun cuando la resistencia acaba siempre siendo vencida, el relato de estas aventuras tiene entre los zapotecas la función de devolverles sus propios valores, cultura y autonomía.

Algunos autores sostienen que los españoles destruyeron en menos tiempo los restos de las civilizaciones indígenas. Esto es válido para la forma de vida de la nobleza, pero no apta para la cultura cotidiana de tradición zapoteca. El “bupu” se sigue preparando igual que hace quinientos años y se bebe en las fiestas de los muertos que se celebran por lo menos una vez al año.
Muchas costumbres zapotecas han cambiado, se han transformado o tiene hoy otro significado. Sin embargo, la historia de este pueblo sigue siendo un pilar de la propia identidad y conciencia étnica.

A pesar de la prohibición de la música, la poesía y la danza autóctona, así como de las ceremonias de caza por obra y gracia de los españoles, a pesar de haber sido diezmada la población horriblemente y de las crueles condiciones de trabajo, los zapotecas siguen siendo zapotecas. Su idioma tiene treinta y dos dialectos, su música, su historia y su arte se han conservado y se han transmitido oralmente de padres a hijos.
Las/ los zapotecas del Istmo fueron y son hombres y mujeres comerciantes, pescadores y artesanos. Cuidan de sus fiestas y cultivan las relaciones sociales.
Las fiestas y las estructuras sociales, forman un estrecho entramado, una red de responsabilidades y compromisos recíprocos.
Los zapotecas del Istmo se diferencian en muchos aspectos de los zapotecas del valle de Oaxaca. Y los zapotecas de Juchitán se distinguen a su vez de los demás pueblos y ciudades de la región por la firme conciencia de sí mismos y por las mujeres cuya fuerza y fama traspasa fronteras, ¿por qué?
La historia puede dar una respuesta.

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                                                                                        JUCHITÁN LUCHA Y GANA

A través de los siglos los zapotecas se han defendido una y otra vez de cualquier clase de humillación y explotación, sus victorias sin embargo, nunca eran duraderas.
En 1660, por ejemplo, se rebeló Tehuantepec contra el cruel Juan de Avellán, que había hecho cortar los brazos a trabajadores zapotecas por considerar que la producción de manta, un tejido especial, había sido insuficiente. Los zapotecas lo azotaron hasta la muerte y asumiendo por un año el poder, realizando la administración ellos mismos.
Sólo una tropa española compuesta por negros y mulatos logró vencer la ciudad tras encarnizada lucha.
Hasta la independencia de México se dieron continuos levantamientos, tanto en Tehuantepec – hasta entonces la principal ciudad del Istmo - como en el resto de la región.

El cinco de septiembre de 1886 cambió de nuevo la situación. Ese día resistió Juchitán con éxito el ataque de los franceses, cuando éstos habían sometido ya a todas las ciudades y pueblos de los alrededores. Las numerosas historias surgidas a partir de esta hazaña se cuenta hoy con la misma viveza como si hubieran sucedido ayer: los tehuanos, es decir, los habitantes de Tehuantepec, negociaron con sus enemigos y se sometieron a sus condiciones; Espinal, un pequeño pueblo en las cercanías de Juchitán, fue vencido por los franceses y su población sometida mediante violaciones y saqueos – Espinal es todavía un lugar de los “güeros”, de los hombres de piel clara y cabello rubio, descendientes de los franceses y de las mujeres zapotecas violadas por ellos. Los habitantes de Juchitán, sin embargo, se opusieron encarnizadamente el intruso a la orilla del río y ganaron la batalla, esto gracias a la enérgica contribución de las mujeres que tomaron las armas.
Los relatos entusiastas proclaman que la victoria no hubiera sido posible sin ellas. María Tachu y las cuatro hermanas Robles son sólo algunas de las mujeres, con las que se inician las leyendas sobre las mujeres de Juchitán.

Esta victoriosa resistencia constituye aún hoy una profunda raíz de la autoconciencia juchiteca, que no dejan de usar cuando se presenta la ocasión, para distinguirse de los tehuanos, que tan pronto se rindieron y se sometieron a los franceses.
También en la historia reciente se ha reafirmado la autoconciencia zapoteca en el exitoso movimiento político de izquierda: llamado COCEI, la coalición de obreros, campesinos y estudiantes de Istmo, dio expresión a las exigencias de la mayoría de la población a través de reparticiones de tierra y por último como primer partido de la oposición en todo el país que ganó las elecciones contra el entonces poderoso PRI, el partido de la revolución institucionalizado.
Cuando el aparato del estado se lanzó incluso militarmente contra el movimiento, la población se levantó y ganó de nuevo la partida.
Autobuses volcados taponaban la entrada de los militares, fue detenida en el mercado, donde las mujeres habían levantado las barricadas en las escaleras del acceso al ayuntamiento. También la historia de la COCEI, de la reciente exitosa ascensión de los juchitecos se escribe, gracias a las fuertes mujeres de Juchitán. Sin embargo, en la actual historia escrita – escrita, se entiende por hombres- apenas se les menciona. La COCEI gobierna hoy solitaria y se ha convertido en una institución. Entre la población se cuentan historias de los antiguos revolucionarios que no hacen hoy otra cosa que enriquecerse y robarle al pueblo el fruto de su trabajo.

En el gobierno y en el ayuntamiento hay pocas mujeres, el mundo de la burocracia no es el suyo. Sin embargo, cuando se toma una decisión que perjudica a las mujeres, ellas se mantienen unidas y los hombres, los políticos formales, se adaptan a sus deseos.
Sobre la historia de la COCEI, el movimiento de los últimos diez o veinte años, se ha escrito mucho, de lo cual gran parte, por autores extranjeros teniendo en cuenta que en Juchitán es extranjero todo aquel que no haya nacido en Juchitán.
Monsiváis por ejemplo, opina que la emigración de los juchitecos a la industria del petróleo ha provocado un cambio en las familias y que la consecuente, por así decirlo, falta de hombres ha llevado a una particular y consecuente participación de las mujeres en el movimiento. Tratándose de mujeres con conciencia política, pero de ninguna manera de un matriarcado, como se le define muchas veces. Según él, las “tecas” representan una nueva versión del poder popular femenino: “Una camarada de la presidencia dijo que le llamaba la atención que las mujeres juchitecas no llevaban ningún adorno. Y le contesté que no necesitaban ninguno, que sus alhajas eran sus hijos revolucionarios.”

Por partida doble se justifica la activa participación de las mujeres en función de los hombres: como la que queda atrás de los maridos emigrantes o como madres e hijos revolucionarios. Ellas mismas, su propia voluntad, desaparece tras la “auténtica” voluntad masculina.
Sin embargo, la mayoría de los hombres zapotecas hablan con absoluto cuidado y respeto de las mujeres, presentes en todos los ámbitos de su vida y principalmente en el familiar. No parecen necesitar del machismo, la sobrevaloración o el estilo e la masculinidad que descansa sobre la espalda de las mujeres.juchi1

                                                                                        EL TRAUMA DE LOS MEXICANOS

La palabra “México” tiene su origen en los mexicas, nombre que los aztecas se daban a sí mismos. Por todo el país hay signos que remiten al pasado de las civilizaciones anteriores a la conquista. Sin embargo, como país extrae México poca identidad de sus raíces anteriores a la conquista, o de los diferentes pueblos indígenas que han conservado hasta hoy las grandes tradiciones.
Muy al contrario, los pueblos mal llamados “indios” están en general empobrecidos (excepto los zapotecas del Istmo), explotados y son, con mucho, mostrados como colorida atracción para el turismo bajo el anuncio: “México típico”

En la actualidad el 80% de los mexicanos son mestizos, mezcla de indígenas y españoles. El primer mexicano fue el hijo de Cortés y de la Malinche, la mujer que ayudó a Cortés a vencer a los aztecas y que se convirtió en su amante. El hijo de ambos sufrió un trágico destino luchando por su herencia, ya que al ser su madre india no fue reconocido como hijo legítimo de Cortés.
Esta historia pertenece al pasado como a la actualidad. Simbólicamente se ha repetido millones de veces hasta hoy el destino de un niño nacido de una relación víctima – verdugo, el nacimiento del mexicano. La placa conmemorativa de la plaza de las tres culturas en Tlatelolco recuerda la última batalla contra los conquistadores: “No fue ni una victoria ni una derrota, sino el nacimiento cargado de dolor del pueblo mestizo, o sea de los mexicanos de hoy”. Octavio Paz opina que este nacimiento doloroso es sentido en la conciencia de muchos mexicanos de hoy como la violación de las mujeres indígenas. El mismo se define como hijo de los violadores blancos y madres indígenas violadas. Esta definición está cubierta de vergüenza e ignominia, puesto que se basa en las más profundas heridas de la propia identidad.

“La chingada” (la violada) e “hijo de la chingada” son las peores ofensas en México, sin embargo, son muy corrientes y también tiene otras variantes: “chinga” (estupendo) y “chingón” (fantástico) son las mayores expresiones de alabanza. Lenguaje vulgar que usan también con gusto los intelectuales.
Los mexicanos de hoy tienen dos identidades culturales diferentes, la supervalorada y poderosa cultura española de los conquistadores, que tiene su prolongación en Europa y en Estados Unidos, y la cultura transmitida por las madres indígenas, mancillada y despreciadas por los muy masculinos conquistadores.
Ramírez señala esta situación como causa de la incesante búsqueda de la propia identidad de los mexicanos, un tema que se repite en la literatura mexicana post-revolucionaria y describe esta mezcla como el trauma insuperable de la historia de México.
Este trauma empezó con la conquista y ha quedado grabado psicogenéticamente en la personalidad de los mexicanos y de las mexicanas.
Diariamente se repite la historia de la conquista en las relaciones sexuales, en la irresponsabilidad de los hombres mexicanos para con sus hijos, en la distinción y diferente valoración del color de la piel (cuanto más claro más bonito, más poderoso, más arriba…), en la sobrecarga de trabajo, de la responsabilidad solitaria y en la resignación de las mujeres mexicanas.

Para los hombres el trauma es doble.
Criados en su mayoría por su madre (el 30% de las familias mexicanas carecen de padre) no encuentran en su búsqueda de una identidad masculina ningún modelo a seguir en su ambiente familiar. Y cuando buscan los atributos de la masculinidad en el exterior, se encuentran con el modelo de los conquistadores, con grandes y pequeños héroes dotados de símbolos típicamente masculinos. Y entonces en la búsqueda de su masculinidad menosprecian el calor y el afecto de su propia madre, a la que tienen que despreciar para salir triunfantes en la formación de su identidad de macho.

En lo fundamental el desarrollo psicogenético del hombre de la familia media europea y en general en la pequeña burguesía internacional sigue unas pautas muy parecidas. También entre nosotros es la ausencia de una figura viva y positiva de identificación masculina, premisa fundamental de la interiorización psicológica del comportamiento sexual patriarcal.
En México este proceso se acopla al comportamiento racial. En el “trauma del primer mexicano” se han combinado históricamente el comportamiento racial y el sexual (racismo y sexismo).

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                                                                                        JUCHITÁN NO ES MÉXICO

En anteriores viajes a México había conocido ya el machismo de los mexicanos, la actitud precavida y reservada de las mujeres en su trato conmigo – la extranjera, la extraña-, la mezcla de atracción y rechazo y hasta incluso odio, con lo que me encontraba cuando era tomada por “la gringa”, o por estadounidense.
Completamente diferente fue mi llegada a Juchitán, apenas al subirme al autobús empezaron a preguntarme algunas mujeres, por mi origen y por mi destino, por lo que buscaba en Juchitán, si conocía a alguien, por qué me dirigía precisamente ahí… curiosidad y asombre por el peculiar motivo de mi viaje. Mezclado con una especia de protección y ofrecimiento de ayuda hacia la mujer extranjera que viaja sola.
Pero lo realmente sorprendente es que fueron mujeres las que se dirigieron a mí en el autobús y no hombres. En México habían sido hasta entonces los hombres los que buscaban contacto, los que querían hablar. Aquí fueron mujeres de aspecto imponente, corpulentas y ataviadas con trajes regionales.
Este primer encuentro con mujeres zapotecas se concretó pronto en una expresión general ¡JUCHITÁN NO ES MÉXICO!
El edificio del mercado con el ayuntamiento municipal en el primer piso marca el encuentro en la ciudad.

Como la tortilla, el totopo se hace a mano con maíz autóctono, que además de ser el mejor es el más alimenticio. El totopo acompaña a las mujeres en sus viajes, de esta manera no tienen que renunciar a los buenos alimentos. Ya que ellas no comen cualquier cosa, ni mucho menos, como no sea por cortesía. Aun cuando la frase “come de todo” es la mayor alabanza para un extranjero, no se refieren de ninguna manera a cualquier comida, sino a la comida de Juchitán, una comida que ofrece diversas especialidades.

Como detestan la comida rápida y las conservas se les hace a veces difícil encontrar buena comida en el extranjero –sobre todo en las zonas turísticas-; así, en caso de necesidad, el totopo les sirve de gran ayuda.

La comida de Juchitán es buena, rica en albúmina y sabrosa. Cada especialidad tiene su receta y sus combinaciones. Con el totopo se puede comer cangrejos, langostas, pescado ahumado con chile, queso y ocasionalmente tomate, lechuga y aguacate.
Las muchachas aprenden desde muy jóvenes a adobar la iguana y el armadillo, a preparar el mole, a hacer pan, a poner frutas en maceración. Una buena cocinera por lo general especializada en platos determinados, puede hacerse rica, ya que el buen paladar es muy apreciado.
El régimen alimenticio es en Juchitán igual para todos, tanto para los ricos como para los pobres.

Las familias de pescadores, de la séptima sección y las familias de la octava sección, los dos barrios más pobres de Juchitán desayunan pescado, queso de rancho, tortilla, huevos y naturalmente chile. La mayoría de las familias tienen por lo menos un miembro que trabaja un rancho del que llegan huevos, leche, maíz y otros productos que a menudo intercambian por otros, como ropa tortilla pescado y también servicios como cura, ayuda en los partos, etc. El producto excedente se vende en el mercado a diferentes precios. Los zapotecas ricos y los extranjeros pagan más caro que los pobres y que las otras vendedoras. El funcionamiento interno del mercado se basa en el intercambio. Los precios son bajos. Es decir, de cara al exterior los precios son sociales: Algo más caro para los ricos y algo más barato para los pobres. Cuando una vendedora ha pedido demasiado dinero y no quiere perder al cliente, lo compensa con regalos. Precios fijos no existen.
Los precios por lo que rige internamente la economía juchiteca mantiene la riqueza de la ciudad de manera equilibrada. Una red de relaciones y obligaciones sociales, recíprocas, deja fuera de lugar al sistema monetario fijo que conocemos.

                                                                                            LA GORDURA SE VE BONITA

Las juchitecas están gordas y la gordura se ve bonita. Las mujeres gordas viven con comodidad, comen bien y en abundancia. Mujeres que saben alimentarse bien y saben cuidar de sí mismas, tiene siempre algo para los demás, pueden alimentar a otros que lo necesiten. ¡Realmente es digno de verse todo lo que las mujeres gordas son capaces de dar! Day y recibir, intercambiar comprar, vender, estas son las tareas de las mujeres, que desde temprana edad se confía a las muchachas.

Comerciar no es una aptitud que se aprende, saber comerciar, la capacidad para ello, es una parte esencial de la personalidad. De niñas se dedican a intercambiar y a vender, da muchachas acompañan a sus madres, tías y abuelas al mercado. La elaboración de productos es un juego infantil, las muchachas de seis años se sientan juntas y trenzan cordeles y esterillas de junco, preparan una masa de maíz y hacen tortillas. Y cuando crecen reciben un puesto en el mercado o venden comida, la comida; mole, sopa ensalada de jaibas o pescado. También venden hamacas, ropa, zapatos, bolsas, totopos. El totopo es una especie de galleta o tortilla dura de masa de maíz, fue inventada por las propias tecas para sus viajes. Se conserva hasta un año y se prepara con masa de maíz fresca, maíz de Juchitán.
El ideal de belleza de la gordura es un símbolo de esta sociedad rica social y culturalmente. Pero no es lo único.

                                                                                                    EL TRAJE TÍPICO

El vestido de diario de las tecas consta de enagua y huipil. La enagua es una falda amplia, larga hasta los pies, el huipil es una blusa de corte recto. Adornada con ribetes, dibujos geométricos bordados a máquina o flores bordadas a mano.
El traje completo da a la mujer un aspecto más corpulento, imponente. La gruesa y abultada falda sobre el refajo confeccionada con mucha tela acentúa el tamaño de las caderas. El huipil, cortado recto y cerrado en la sisa realza los músculos de los brazos de la mujeres tecas. En la cabeza, ya sea el bidaani ro, o las flores prendidas en el pelo la embellecen. Las mujeres aparentan el doble se su tamaño, ocupan mucho sitio, llenan literalmente el espacio con su plenitud y con su presencia.
La presencia es una palabra importante para caracterizar a una mujer. Estar presente quiere decir ser vista por los demás, llenar el momento, tener los pies bien plantados en el aquí y ahora, Cada mujer cuida su presencia en los ámbitos sociales y ocupa su propio lugar, la ropa subraya su significado, es imposible ignorarla o pasarla por alto ataviada con su traje.

Las mujeres zapotecas no son grandes, sin embargo, lo parecen cuando cada día con imperturbable seguridad en su camino se abren paso entre el gentío de las calles sin retroceder un solo milímetro.
Las mujeres ocupan un lugar público y el traje es un símbolo de ello. El traje las hace más voluminosas a la vista, la bonita combinación de los colores elegidos atraen la mirada.

Parece que podemos aprender algo de estas grandes mujeres: solidaridad y naturalidad en su forma de vida. En Juchitán tienen las mujeres autoridad y una autoridad incuestionable. Es un honor poder aprender de estas mujeres grandes y sabias que nunca rebajan a otras mujeres para poderse poner por encima de ellas.
A las mujeres “sabelotodo” nadie les pregunta. Cada paso de convertirse en mujer y de ser mujer viene dado por los períodos de la vida, que se repiten cíclicamente para cada mujer y para cada generación. El ciclo de la vida determina los pasos del auto-crecimiento.

                                                                                           EL CICLO VITAL

Desde el nacimiento hasta la muerte, importantes acontecimientos marcan los distintos períodos de la vida, que se repiten generación tras generación con rituales, tradiciones y fiestas.
Nacer y morir encierra un ciclo que se repite de persona a persona y a la vida de una mujer queda subdividida en períodos a través de determinados acontecimientos. En el ciclo vital los sexos se separan.
Los niños y las niñas crecen al amparo de las mujeres. El 85% de los partos son asistidos por comadronas.
Así empieza y termina el ciclo vital en Juchitán, en continua celebración con innumerables pretextos, de la vida y de la muerte.
La repetición de los rituales proporciona seguridad, la seguridad de una vida de ritmo siempre repetido y proporciona también el marco para vivir como mujer en una sociedad de mujeres.

Es como si esa seguridad, lo que la mujer hace, lo que conoce, su forma de ser, lo que para ella es bueno y correcto, forma la base de su fuerza interior, de su seguridad en sí misma y de su incuestionable auto-conciencia.
Son mujeres, junto con otras generaciones, que van edificando su fuerza interior a través de este contacto, mientras van haciendo caminos.
Aprenden de su hermana mayores, de sus madres, tías y abuelas, de la sociedad de mujeres de Juchitán, done las muchachas no quieren ser muchachos y las mujeres no necesitan buscar la igualdad de los hombres, para ser “grandes” y respetadas. En Juchitán vale la pena ser mujer. El ser mujer no es ningún defecto.
Pero a pesar de que el ciclo vital proporciona estabilidad y seguridad en el mundo zapoteca. Juchitán no es ninguna isla, aun cuando el Istmo puede dar esa impresión a los visitantes. Juchitán es un pueblo zapoteca que se va convirtiendo día a día en una ciudad moderna. Ahora se asfaltan las calles y se cortan los árboles, ha sido encausada la corriente del río “Los Perros”. Hace algunos meses se abrió un nuevo supermercado. Cada vez más mujeres venden su oro para poder llevar al banco su dinero por miedo de atracos y robos.

Junto al río y en las afueras de la ciudad se cometen violaciones. Muchos hombres abandonan el trabajo y la familia y se pasan la mayor parte del tiempo en las cantinas emborrachándose. Muchos prohíben a sus mujeres salir solas. La violencia en el matrimonio existe pero también existe todo lo demás.
Juchitán está lleno de contradicciones… la búsqueda el paraíso perdido, aquí, no tiene sentido.

Texto extraído de la Revista Guchachi' Reza No. 38 - 1993