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Sat, Jul

Un zapoteca que busca el alma de su raza

Istmo
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La raza conquistada por el audaz ibero no ha muerto. A pesar de su cautiverio eterno de esclavitud y de abandono, vive y llega asombrarnos con revelaciones estupendas de su vida latente, en la floración magnifica de espíritus próceres.

Tal consideración nos inspira la partida del joven Profesor Andrés Henestrosa, quien, pensionado por la Jhon Simon Memorial Foundation realizará un estudio minucioso y hará acopio de datos sobre todo lo que concierne a la antigua cultura Zapoteca, en cuatro de las más notables bibliotecas de Estados Unidos y más tarde en el Archivo de Indias de Sevilla.


La distinción de que ha sido objeto del Profesor Henestrosa, evidencia admirablemente la unidad espiritual de los hombres de nuestras razas aborígenes, no sólo los tiene colocados en un excelente de asimilación de la cultura, sino que les abre maravillosamente el camino para llegar a sobresalir en cualquier género de elucubraciones científicas y lograr constituirse, por un esfuerzo debidamente orientado y estimulado, en maestros del humano saber, pues conviene subrayar que el joven Profesor Henestrosa, es de extracción genuinamente indígena. Sus padres fueron dos indios de raza pura zapoteca de Juchitán, Oax., donde él vió la luz primera en 1908, pasando allá los años de su infancia y los primeros de su juventud.


Las anormalidades originadas en la administración, principalmente en la Enseñanza, a causa de las condiciones producidas por la Revolución naciente, motivaron que Henestrosa, risueña promesa de un mañana que no tardaría en despuntar, no adquirida adecuada a sus elevadas prendas espirituales, influyendo también en ésto la situación pecuniaria no muy bonancible de su familia.


En tales circunstancias, el porvenir de Henestrosa se perfilaba raquítico y desprovisto de grandes realizaciones, viéndose él constreñido a vivir la monótona y pobre vida provinciana, condenado sempiternamente a las labores del campo: pero él, pleno de ambiciones, hizo un esfuerzo supremo y rompió aquel cerco abandonado a su pueblo natal y las montañas que fueron el marco de sus meditaciones en la edad temprana.
Aguijoneado por el deseo de ilustrarse e ilusionado con la esperanza de conseguir una pensión en la Escuela Normal de México, vino a esta Ciudad en 1923.
Su anhelo, sin embargo, salió frustrado. A pesar de ello confiado en sus energías para la lucha y con los arrestos de un carácter indomable en la Metrópoli precariamente ayudado con los recursos económicos que le mandaban sus familiares.


Cuando vió que su situación, así planteada, era insostenible, lejos de retornar a sus lares, se lanzó en busca de medios de vida. Como primer triunfo, logro un modesto emolumento llevando las cuentas semanales de un gremio de carboneros.
Pero se levantaba un obstáculo a sus elevados empeños: la falta de un conocimiento perfecto del español, pues durante sus mocedades, y hasta muy cerca de los quince años, sólo había hablado el zapoteco; ante el imperativo de esta necesidad, se entregó ansiosamente a devorar libros, y, merced a su admirable capacidad de asimilación pronto dominó el castellano. Con esto más fácilmente pudo abrirse paso en su actitud de batallador. Así logró conseguirse una clase en la Escuela Central de México.


A poco ingreso en la Escuela Nacional Preparatoria y en 1927 concluyó el bachillerato de Filosofía y Letras con elevado promedio de calificaciones, ingresando a la Escuela de Leyes.
Sus estudios preparatorios y los preliminares de Jurisprudencia, realizados entre el duro bregar de la vida de un proletario sin auxilios extraños, lejos de desarraigar en él la afición a la lectura de los grandes autores, contribuyeron a su fincamiento más hondo. Y esto que en un estudiante cualquiera hubiera sido dedicación nociva, logró despertar en Henestrosa su verdadera vocación: La literatura y la Historia, que han abierto el derrotero definitivo a su espíritu ávido de triunfar.
No sintiéndose atraído por los Estudios de Jurisprudencia y obsesionado por nuevas y luminosas perspectivas, abandonó la Escuela de Leyes en 1929, consagrándose de lleno a la Literatura y la Historia, en las cuales ha conquistado un lugar preeminente, sobre todo, por sus investigaciones y escritos en torno del alma y la cultura de su raza. La distinción de que ha sido objeto por la Fundación Guggenheim, es el mejor premio a sus esfuerzos tesoneros y a los méritos legítimamente logrados.
Ha colaborado en distintas publicaciones de México, principalmente en las revistas de Investigaciones Lingüísticas y en los periódicos bilingües “El Zapoteca” y “Neza”. Ha sido profesor de Literatura Castellana en la Universidad Nacional y de Lecturas comentadas en los centros Obreros de la misma Universidad. Publicó un libro: “Los hombres que dispersó la danza”, en el cual, condensando el fruto de sus estudios históricos, trata de dar unidad a la tradición oral del Istmo de Tehuantepec.
Han sido los áureos carriles en la marcha fecunda de su ascensión prodigiosa, el trabajo que le brinda la conservación de la vida y el estudio que le convierte en antorcha que hace luz sobre el pasado brillante de su pueblo, para proyectarlo, como una esperanza salvadora, sobre su presente de abandono. Es su anhelo supremo el retorno de las glorias de Mitla y de Palenque.


Ante el nuevo amanecer de su vida, fervorosamente le auguramos que el sol de la fama ilumine su sendero y que su ejemplo sea índice seguro y halagadora promesa en el renacer de nuestros pueblos aborígenes.
Los hombres de México debemos sentirnos orgullosos ante esta revelación.
Que ella nos acerque generosamente a nuestro hermano el indígena, para buscar sincera y afanosamente su redención.

Artículo tomado de Neza 2ª. EDICION 1987. Publicación original: IZQUIERDAS, Periódico de acción.