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Thu, Sep

Juegos y entretenimiento del niño y el adolescente

Istmo
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Las actividades lúdicas, los juegos infantiles, allá por los años 50 y 60 del siglo XX todavía se improvisaban y todo era acorde a la condición social y económica del niño y el adolescente espinaleño, que en la generalidad, su signo de vida fue siempre la pobreza, aunque comida no faltaba pues el campo lo daba.


Hará un siglo, en las noches de luna llena varios lugareños iban a la playa. En parejas median fuerzas. Jugando al “porrazo”, rodaban en la arena en una forma de lucha libre sin tanta disciplina deportiva. Ahí mismo, de los árboles de la rivera del cauce limpio del río, hasta 1960, sobresalían bejucos resistentes, de donde los niños se colgaban y se mecían para caer en el agua profunda, imitando al personaje llamado “Tarzán”, era un acto osado que en ocasiones los lastimaba, pero que tal se divertían.

Antes que aparecieran los utensilios, herramientas y juguetes confeccionados con materia prima derivada del petróleo, los niños hacían sus propios juguetes y los solares baldíos se adaptaban como campo de juego, de distinta disciplina:
El tapoc”: se practicaba en el suelo, con 5 a 6 hoyos e igual cantidad de niños, se usaba una pelota de hule o esponja que se hacía rodar por un niño y sucesivamente los demás. Un hoyo le corresponde a cada uno y en el momento de caer en el hoyo, el que le fue asignado levanta la pelota y la tiraba para pegarle al cuerpo del que alcance. Si no lograba atinar, se le ponía una piedrita junto al hoyo que le corresponde hasta juntar 5, para ser objeto de 5 pelotazos por los demás.
El béisbol de barrio fue el deporte más practicado por excelencia en el pueblo: anteriormente la pelota se confeccionaba de mecate zurcido con hule, spolde, adentro, las manillas o guantes se hacían de tela gruesa de lona y el bat del árbol de gulaver, todos estos implementos hechos a mano, una competencia deportiva amigable, aunque a veces encendía pasiones entre la muchachada, del equipo perdedor, había riñas.

La “bicicleta” era la rueda extraída de la llanta que usan los carros de motor, se cortaban sus caras laterales en círculo con bordo tallado para rodar por el suelo, accionado por el niño con un trozo de palma ahuecada, como garabato. Víctor Ríos “El Manís” fue el poseedor de la primera bicicleta en el pueblo, la de “verdad”, la alquilaba a 10 centavos durante media hora.
Para cazar, el utensilio es el “gixe bizenda”: dos lazos paralelos de cuyo extremo se confeccionaba una especie de bolsa o malla tejida donde se coloca el proyectil, que es una piedra o “bidola beñe”, que se dispara con fuerza al mover en círculo y soltar uno de los extremos del lazo. Lo usaba el campesino, gaapa duza, para alejar al zanate que invadía el sembradío y extraía la semilla recién brotada de la milpita.
El “chiflóc” es un lanza proyectil, trozo de madera de 15 cm. “laaza bere” de núcleo acanalado: en cada extremo se colocaba el fruto tierno del pochote o ceiba “poombo”, se juega accionando un impulsor que es también de madera torneada menos grueso que el canalículo y al introducirse con fuerza, al impacto emite un sonido característico “plop” y sale disparado el proyectil

El trompo es el “xiga bizunu” que es el fruto seco del morro, “guitu xiga”: al interior vacío se introduce un madero de extremo a extremo que se sella con cera. En uno de los extremos sobresale dicho madero que para hacerlo bailar se envuelve con hilo y se acciona con una palanca y al girar emite un zumbido.
El caballo era un trozo de penca de palmácea asido entre las piernas y en su extremo un mecate amarrado a manera de brida, el “jinete” corría a trote o a galope, emitiendo el sonido del animal, al tiempo de hacer piruetas, como acrobacia.
Para las niñas los juguetes eran: el tangullú de barro hecho por Ná Huana, zapoteca tehuana, quien vivía allá por 1940 en la calle Iturbide, que costaba 5 centavos cada uno o la “manona” de madera labrada así como con el fruto de la calabaza “guitu llani”. Estos objetos la hacían de muñecas que las niñas vestían con trapitos sobrantes que alguna costurera tiraba en la calle o iban a pedírselos.

Descendientes de familias humildes los niños no aspiraban a más. Sus juguetes eran elaborados por ellos mismos como muestra de su creatividad, que a la vez refleja su condición social, y los hacía vivir contentos y felices. Un “juguete de fábrica”, inalcanzable aspiración poseerlo hasta mediados del siglo pasado.
En la feria del pueblo el señor Tiburcio López Tá buchu y luego Antonio Chirinos un inmigrante italo-peruano vecino de Juchitán y pionero del transporte en esta región traían su camión y por 10 centavos, de aquella moneda blanca y chiquita pero de consistente valor, cada pasajero hacía su recorrido por las calles del pueblo. Niños de variada condición, con mucho entusiasmo y en fila esperan su turno para ir a dar el “paseo”. Uno que otro pícaro daba rienda suelta a su ímpetu infantil fastidiando a los demás, y otros se asomaban a la ventana para ser vistos y considerados como “privilegiados”, como Mario Llando café, que por sacar la cara en la ventanilla abierta del camión, en el trayecto se golpeó con la larga rama de un árbol.

La natural conformación psicosomática del niño lo impulsaba a inventar otros juegos para su sana diversión: en las noches claras de luna, el juego de las escondidas “Mbiqui”. Así como el “solotengo”, que consiste en que alguien ordena a otros a recoger hojas y flores de las plantas comunes para juntarlas y confeccionar con ellas el “ramo”, que debía obsequiarse a la niña más bonita y atractiva, que en su mayoría lo son. Otro juego era hacer semicírculos, con niños sentados y otro recorre diciendo: “quien tiene la ganíu”, “quien tiene la ganíu”, tratando de adivinar quién es el que entre su puño guardaba la prenda simbólicamente representada por residuo o pedacería de loza. Es una especie de ronda infantil.

Entre los juegos de barrio uno era el llamado “xcola gamito”, picaresco y divertido, pues alguien, el más astuto, que siempre es el cabecilla organiza un grupo de cinco a seis niños “lempas” o liebre, quienes introducen entre sus piernas un madero untado de lodo o excremento humano, los “perros”, azuzados por el que dirige el juego “ladran” imitando a dichos mamíferos al tiempo de corretear a los “lempas” hasta tocarles la vara y al percibir el olor putrefacto, la reacción no se hace esperar: el coraje de la víctima y el goce divertido y la risa burlona de los otros.

Hoy día, en el mundo de la cibernética, la distracción de los niños es el celular, o la computadora y si son los más sofisticados y caros, mejor, que sí, sirve cuando trae información útil para el conocimiento, pero que también distorsiona y confunde cuando se usa para fines no adecuados, además se dice que afecta el órgano visual.
Parte de la convivencia del niño y el adolescente era ir al “monte” a buscar las frutas silvestres: se comía el “Trompipi”, una fruta roja agridulce, bií o mezquite fruto envainado deshidratante, xuba beza o “pendeno”, de igual componente, xuba ziña: fruto negro de una palmácea que abundaba en el parque público, beu o cerezo negro que de tanto saborear su jugo, la lengua y los dientes se tiñen. El mango, la almendra, el melón y la sandía había que ir a buscarlos del huerto ajeno, que era obsequiado y cuando algún impertinente pretendía hurtarlos, el enojo del dueño se notaba. Es que la flora que se desarrollaba en el pueblo solo la constituían el higo o membrillo, el pochote cuya flor segrega un dulce néctar, el Jacinto o moringa que ahora se dice que tiene propiedad curativa y el espino. Hasta hace pocos años aún se veían algunos árboles de mango de Ná Reyna en el lado norte del río. El bolillo o “lumbuc” debía de enterrarse por varios días en una pequeña fosa para su maduración “callaá lumbuc”. El coajilote que abundaba en el margen del río, asado en lumbre de carbón, daba como resultado una suculenta y gustosa fruta que contiene alcaloide.

En mayo, antes de las lluvias, se organizaba la “caravana” de pitayeros: Ndani bidxii: Muy de madrugada, con su balde o cubeta asida a la mano, el gancho amarrado al extremo de un madero largo “bichiqui” y la navaja, los niños y jóvenes iban en busca de la pitaya roja y anaranjada, laxante pero muy sabrosa. El desarrollo de estas frutas era natural, producto de nutrientes ricos del suelo no abonado artificialmente.
Estas vivencias que se dieron aún hasta mediados de este siglo XX pasaron a la historia. Nadie ahora intenta ni siquiera por distracción salir a buscar esas frutas de esencia natural, sanas y saludables, que por otra parte ya no se encuentran. Muy escasamente se trae un poco de verdolaga, de quelite “cuana huini”, hojas verdes ricas en sales minerales que se cortan de los cercos de los terrenos de labrantío después de las primeras lluvias, para ser preparadas en caldo, revueltas con bolas de masa de maíz cocido.

Aquellos pitayales por el rumbo del actual campo aéreo desaparecieron. Los terrenos, que eran potreros y hasta pequeños bosques fueron adaptados para cultivo de arroz y luego de caña. El conejo, “leexu” y la iguana “gucháchic”, el venado “bidxiña” hasta el jabalí “bihui guixi” que ahí abundaban, se alejaron, buscaron otro hábitat para escapar de la mano depredadora del hombre.

El mango, la guayaba y el almendro, se ven con lástima tapizados en el suelo después de que la fuerza del viento arrasa el follaje del árbol. Los niños de hoy ni regalado lo quieren, prefieren el “gansito marinela”, los doritos, papas fritas y demás especie chatarra envuelta en papel celofán, que ha degenerado para mal la sana costumbre alimenticia de nuestros antepasados. Sabrosas dice la publicidad pero con cero poder nutriente.
En su formación, como parte del hábito del niño de hará un medio siglo y más atrás, ya existía el sano criterio de apoyar a la familia. Se recuerda que después de la pizca del maíz, una que otra mazorca quedaba escondida entre la maleza: los niños iban a recoger hasta el último fruto “ché ndágu” y el producto era para él, lo vendía, para sus dulces “dxiña huini”, útiles escolares o para algún soñado juguete. Hoy no existe esa mentalidad, si el niño o el joven estudian deben dedicarse a esto, no hay que distraerlos, porque sus padres, anhelo justo, quieren que se preparen y que sean hombres de bien, aunque en ocasiones se frustran.

*Tomado del Libro “El Espinal, Génesis Historia y Tradición/Autor: Luis Castillejos Fuentes/2019.