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Mon, Aug

La historia del puente Tequisistlán se empezó a escribir en 1941. Más de tres cuartos de siglos duro este coloso. Para tener una idea era 10 años más viejo que la empresa de mármol y vio nacer 15 años después a la presa Benito Juárez.

Una lluvia incansable intenta borrar todo vestigio de la vorágine apenas pasada. Se escurre por las paredes del Salón na Reyna, de la Octava sección, y mira atónita a quienes lucen felices, danzando bajo la techumbre, con la garganta henchida de entusiasmo, en plena “lavada de ollas” de la última vela juchiteca, la Vela Cheguigo, la que remata a toda hasta la semana intensa de las fiestas titulares de este mundo y aparte que es Juchitán.

Muy distinto al de carne y hueso que posa en árboles o peñas, el águila real de mármol se planta en lugares muy íntimos y bajo techo. Pudiera ser un sentimiento nacionalista. La figura tal cual es. O, por el poder que representa en sí, pero, llego a ser la más preferida del cliente.

El panteón de dolores en Tequisistlán, homónimo del primer panteón de la ciudad de México. En este panteón hay todo tipo de tumbas pero resaltan y proliferan tumbas clásicas complejas, también, llamadas populares que se encuentra en el país desde los años 1900.

No se olvida cuando se inicia La Primaria, es mi caso que no fui al Kinder. La maestra Florentina Castillejos, de Ixhuatán fue mi maestra de primer año. Ahora, el salón con su pizarrón y arriba de él pegadas unas láminas. En una un gallo que con pico arriba cantaba quiqui riquí. En otra, una vaca blanca con lunares negros que mugía. Quedó como recuerdo una foto del grupo con la maestra en el centro. Entre los niños sentados en el suelo, uno de "Acámbaro" con overol.

El urbano uno y dos lucen aun, sus colores blanco todo y de franjas amarillas. Están ahí, en el barrio reposando bajo la sombra de unos morros. Cansados y obsoletos. Fue a fines de los 70s en que aparecieron.

Por el año de 1800 vivió en Juchitán el señor Ricardo Sánchez (conocido con el sobrenombre juchiteco de Cádu Dúúri) quien alcanzó a vivir hasta la edad de ochenta años. En los últimos días de su vida estimó mucho su independencia, desligado de su duro trabajo y llevando una vida contemplativa y temporal en el rancho Shocuapa, al lado de parientes que lo estimaban. Esta ranchería dista de Juchitán aproximadamente unos trece kilómetros hacia el oriente.