22
Wed, May

A lo largo de la rivera del río de Juchitán, crecen uno de los árboles más singulares y característico de la región tropical istmeña. Se trata del pochote o la ceiba, árbol milenario de tronco grueso, frondoso, con grandes ramas que da mucha sombra, bajo las cuales cualquier caminante descansa hasta que le da sueño. Este árbol da flores pequeñas de color rosa con un líquido o manjar de los chupamirtos, su fruto grueso parecido al tamaño y forma de un aguacate, que en zapoteco le llamamos Pombo, su contenido es de gajos que al exponerse al sol dentro de bolsas de manta se esponja y se convierte en algodón. Este algodón es utilizado por las familias para elaborar cojines, almohadas, colchonetas.

Juchitán a principios del siglo pasado fue una población donde corría un majestuoso río, donde tenían su hábitat las nutrias, era un rio limpio de aguas transparentes, donde la gente se iba a bañar y las mujeres lavaban su ropa, los niños y los jóvenes corrían y jugaban en sus márgenes bajo los frondosos árboles de guie’ xhuba, guanacastes, framboyanes, ceibas, mangos, tamarindos, gulaberes, entre otros. Ese Juchitán mágico que se caracterizaba por tener sus casa de tejavana, orientadas de norte a sur y con sus grandes patios cubiertos de sombra de sus grandes árboles, donde en ocasiones se podía admirar una gran variedad de aves exóticas de la región y, por si fuera poco, por doquier emanaba el aroma de la gran variedad de flores que predominaron en la población que por algo le valió el sobrenombre de Juchitán de las Flores.


Primera plática del ingeniero León.

En octubre de 1930, estuve en Matías Romero (Oaxaca), en compañía del ingeniero Ricardo León, quien representaba a la corporación municipal de Juchitán y yo era el presidente del comité Pro-Puente. Fuimos a gestionar el embarque y transporte de las trabes de fierro viejo necesario para el puente del río de Juchitán que habíamos adquirido por gestiones del juchiteco Enrique Liekens ante el Departamento de Bienes Nacionales. Se necesitaron dos viajes para lograr traerlas, por lo que permanecimos la primera vez en Matías Romero ocho días y la segunda diez. Así fue como tuve oportunidad de escuchar las sabrosas pláticas del ingeniero León que en diferentes ocasiones había oído charlas sobre visiones misteriosas.

La “Señora de las iguanas” fue una mujer juchiteca llamada Zobeida Díaz, que se dedicaba al comercio. Desde muy chica vendía huevos de tortuga, huevos de gallina, tortillas, cerveza, collares de flores… Además, sus familiares cuentan que era una mujer con gran presencia en la comunidad, ya que le gustaba participar en los mítines de la Coalición Obrera Estudiantil del Istmo (COCEI), organizar fiestas y convivir con sus numerosos sobrinos.

Dice Esteban Ríos:
“En este viaje incierto los guías son los poetas Roque Dalton, Otto René Castillo y el político Francisco Morazán. Con tinte rulfiano: “Vine a este lugar porque me dijeron que acá murió mi padre en su camino hacia Estados Unidos”, el migrante cuenta su historia de horror y miseria, que huyendo del odio y la podredumbre encontró la muerte en el Suchiate y hoy es un fantasma que despierta miedo a otros migrantes. La prostitución forzada y la violación son realidades crueles que viven las mujeres migrantes, carnes para una jauría que busca saciar su lujuria manchando la dignidad de muchachas vendidas por otros migrantes, y a veces por los mismos familiares”.


Era esperado el Presidente desde varios días antes de su arribo a la población, 4 de abril de 1940, a las tres de la tarde, a su vuelta de Tapachula, Chiapas. Todo el pueblo juchiteco salió a encontrarlo a la estación del ferrocarril al toque de alegres dianas, tronar de cohetes, repique de campanas y vivas entusiastas.

¿Quién no ha escuchado este hermosísimo bolero romántico? Por supuesto que es del dominio público. Incluso ha trascendido las fronteras nacional e internacional.