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Wed, Oct

Nadie se podría imaginar al general Charis en Comala, como Pedro Páramo en la novela de Juan Rulfo.

Pero fuera de la historia fantasmal del escritor mexicano, Rulfo contó a Jean Meyer, el gran historiador de la guerra cristera, que el general Heliodoro Charis Castro como encargado de zona militar de Colima y sur de Jalisco recibió con honores en Comala al general cristero Andrés Salazar.

Eran tres hermanas de ojos bellos y negros, que al clavarlos sobre sus enamorados los embriagaba y seducían como los alados insectos que a fuerza de rodear la llama dejan al fin sus alas en ella.

“Era muy inquieto, y tenía un ímpetu que motivaba a cada persona que le acompañaba en su caminar”, señalaron algunos amigos de Alberto Quiroga Carballo, conocido entre sus colaboradores como “Payaso”.

La figura de Teodoro “El Rojo” Altamirano Robles, líder estudiantil, activo integrante del PRI en Juchitán y figura que no pasó desapercibido tanto para sus amigos como sus enemigos. Líder natural, era jocoso, malhablado, pero siempre caía bien, incluso según Lugarda Charis Luna, sus antiguos alumnos que se volvieron líderes de la COCEI y adversarios suyo, habían tratado de convencerlo a pasarse a sus filas, en ese entonces con el aire belicoso que lo caracterizó les habría respondido según su esposa: “yo no pacto con delincuentes”. Pero al final de su vida llegaría a dejar al PRI para afiliarse al PARM y luego apoyar la alianza que apoyaría a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la república en 1988. Durante ese proceso fue electo diputado plurinominal de la LIV Legislatura del Congreso de la Unión, curul que no había obtenido durante todo sus años de militancia priísta se había quejado con su amigo Darbien Santiago, aunque éste fue su suplente como diputado de la LII Legislatura Local de 1983 a 1986 por el PRI.

Primera entrega. La priísta de hueso verde

Las maneras de Na Lugarda son de una nobleza ancestral, propia de las mujeres zapotecas bien nacidas, de las que tienen la palabra florida y delicada, su sonrisa beatífica se acrisola cuando penden de sus hombros su chal, que en ella es como una estola de sacerdotisa, no por nada proviene de una estirpe de juchitecos ilustres: hija del militar más connotado de su pueblo: el general Heliodoro Charis Castro y tataranieta del valeroso Binu Gada.

Para Gabriel, Alba y Nuria.

Mi entrañable afecto por las letras nació en los luminosos días de mi infancia, que no fueron luminosos porque todo estuviera resuelto en casa y uno anduviera feliz con traje de marinerito y toda la cosa. Todo lo contrario. Esos años transcurrieron entre el denodado esfuerzo de la abuela y de mamá, quienes trabajaban duramente para que en la mesa pudiera brillar la cazuela con un delicioso guiso de cerdo en espesa salsa roja, a la cual todos acercábamos nuestra olorosa tortilla recién salida del horno, al final yo recogía devotamente los últimos untos de la sartén de barro, relamiéndome de gusto los dedos y la comisura de los infantes labios.

Cuando se pregunta al escritor bilingüe Víctor Terán si vale la pena traducir textos como la Constitución Mexicana al zapoteco u otras lenguas indígenas, cuando los propios indígenas ni siquiera están alfabetizados en su lengua madre, el poeta no titubea en responder que sí.