11
Sat, Jul

Yúdxi, le llamaron los zapotecos en su dulce lengua al pueblo que llegara a ser el granero del Istmo de Tehuantepec, al que los aztecas tradujeron como Xalapa que se deriva de las voces náhuatl xalapan: xali, arena; apan: río arenoso, agua arenosa. Su nombre oficial es Santa María Xalapa del Marqués, por lo que perteneció en la Colonia al Marquesado del Valle, propiedad de Hernán Cortes.

Para 1929, la llamada revolución mexicana ya había pasado, sin embargo; esporádicamente salían a atacar a las poblaciones los grupos rebeldes que andaban a salto de mata merodeando la región.

De acuerdo a la cosmovisión de la cultura mesoamericana, todo se regía por los designios del oráculo. Había que creer y cumplir con estricto apego a la religión. Porque era mandato divino, porque así lo decían los dioses. Uno de los actores que favorecieron a los españoles al arribar a suelo mexicano fue la creencia en mitos y supersticiones. Los sabios sacerdotes explicaron los fenómenos sucedidos como hecho anómalos, señales inequívocas del próximo fin de su civilización.

Introducción

Asesinado Che Gómez y un grupo selecto de partidarios en el punto llamado Barrancón, en la noche del 4 de diciembre de 1911, después de ser detenido ese mismo día en la Estación de Rincón Antonio (hoy Matías Romero), el Gobernador del Estado, Benito Juárez Maza, visitó Juchitán y Tehuantepec, durante los dos días subsecuentes, dio posición del cargo de Jefe Político al impopular Enrique León y quizá pensando en el dicho de aquel, de que “muerto el perro se acabó la rabia”, emitió una ley de amnistía contra los acusados de rebelión y sedición, exceptuando – de manera inteligente – a los presuntos responsables de delitos contra las personas y las propiedades afectadas en la revuelta de noviembre de 1911.

No hay pueblo en el Istmo de Tehuantepec que guarde mayor fervor a su santo patrono que los juchitecos, a San Vicente Ferrer, a cuyo amparo dejaron los misioneros dominicos. Por ello Xhavizende le llamaron también a su pueblo en su zapotequización, “Bajo San Vicente”, y ese fervor religioso cruzó fronteras.

C. Presidente Constitucional de la Republica

México, D.F.
Tengo el honor de someter a la alta consideración de usted, para que por su muy digno conducto llegue a la H. Legislatura Nacional, la presente iniciativa que, si una vez estudiada detenidamente y con el desapasionamiento, minuciosidad y empeño que asunto trascendental para el país en general se merece, se lleva a la práctica, habrá de venir a resolver una vez por todas el grave problema que, para los Gobiernos de las Entidades que la forman, como para el Federal ha construido de tiempo de la región de Tehuantepec.

Había una hora en el barrio, todavía lo saben, hora cuyo recuerdo aún resuena en el alma de los fanáticos. Y esta hora enmudecida por la sorda creencia de la salvación encerraba a la ciudad en un marco de silencio. Nadie que no fuera espectro o habitante del misterio, podía pasear allí su vanidad en aquel espacio del tiempo; porque la piadosa idea del milagro y de la fe crucificaba la libertad de los hombres. Y no eran hombres los varones sino mansos corderos recogidos en las casas.

Aún con el movimiento armado en los años de la Revolución Mexicana, la ciudad de Tehuantepec siguió realizando sus festividades anuales con sus fiestas titulares. Mayordomías, velas y tradicionales bodas.