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Mon, Jul

“Con el nombre de Espinal existe en el Istmo un pueblo perteneciente al distrito de Juchitán y su censo según datos estadísticos hoy es de Dos mil quinientos habitantes, no exceptuando los pueblitos de pecho. Ésta humilde población que fue hacienda en otro tiempo tiene una historia o leyenda o tradición, tal vez cuento, que en malos asonantes relacionar hoy pretendo. Lector si eres indulgente perdona mi atrevimiento.

La población de Unión Hidalgo, actual cabecera del municipio del mismo nombre, no existía en los tiempos de don Pancho; pero en las márgenes del río Chicapa, se encontraban regadas varias pequeñísimas rancherías de juchitecos, ranchos insignificantes, débiles desde todos los puntos de vista, entre los que destacaban, “Ranchu Gubiña” y “El Zapotal”, sin trazas de mejoramiento alguno, ni esperanza de recibir alguna ayuda para su progreso, por la misma circunstancia de su raquítica estructura (seis o diez chozas) de palma cada una de ellas.

Si esta historia hubiera ocurrido en la época en que los días y meses ya tenían nombres, el mes se llamaría abril.

Sucedió lo que sucede en los meses secos de año, que las aguas fueron encogiéndose más y más hasta que en la plana blanca del Mar Muerto sólo había una charca. El agua quiso salirse; pero la detuvo, cerca del monte, un mangle. Las raíces de este árbol estaban en el aire y el agua a sus pies era honda. Pero el calor persistió y a mediados del mes siguiente la profundidad era menor que una cuarta. Entonces se supo que allí vivió Lagarto, porque la mitad de su cuerpo áspero se quemaba al sol.

Anteriormente, en las ferias provincianas, entre los juegos que hacían las delicias de los niños eran los “caballitos”, es de saberse que, al principio, es decir, antes de la era de las maquinas, este Tío vivo giraba por la fuerza física, cuyos impulsos se las proporcionaban los propietarios o por los niños que se ganaban una vuelta gratis.

Los expertos en el tema asocian las insurrecciones a los conflictos por la tierra. De hecho, en el pueblo de Juchitán casi todos los líderes rebeldes fueron hijos de gente humilde, mayoritariamente campesinos.

Para Natalia, Rociíto y Alba.

Al centro de la mesa, un retrato de Rocío, seria, mirando al ojo de la cámara fotográfica, acaso una leve sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios, las cejas enarcadas. El cabello corto, probablemente después de su primer ingreso al hospital, luego de su libro Neurología 211 (anoche dije que si es difícil escribir “bien” acerca de la muerte, es doblemente complicado escribir “bien” en torno a la casi muerte de uno, lo sé de cierto). Un collar de guie’ chaachi’ –flores de mayo- rodea el marco de la imagen. A su lado, flores rojas, amarillas, blancas, moradas, y cinco veladoras, iluminan la noche en que Rociíto, la hija de Natalia dice entre sollozos: Si yo no puedo con el dolor, mi mamá menos va a poder.

Hace poco presencié una escena no poco común en nuestra región istmeña. Un señor con aires de intelectual reprendía severamente a una joven por no saber hablar el idioma zapoteco. De forma un tanto grosera, el sujeto decía más o menos esto: “¡cómo es posible que no hables didxazá!; ¿no sabes, acaso, que la lengua es un pilar de nuestra cultura e identidad?; ¿no sabes que el zapoteco es hermoso y de igual valor que el castellano o el inglés?”. La joven no sabía qué decir, y trataba de ocultar su vergüenza respondiendo tímidamente: “es que mis padres no me enseñaron”.

En el año de 1965, llego una invitación para que el equipo infantil de Chihuitán fuera a jugar al vecino pueblo de Ixtaltepec. Algunos ya sabían sobre la forma de jugar de nuestros niños y esta fue la razón e interés de que estos se “midieran” contra el equipo que ya había obtenido el campeonato estatal de esa categoría. ¡Imagínense! ¡Jugar contra los campeones!