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Thu, Sep


Era esperado el Presidente desde varios días antes de su arribo a la población, 4 de abril de 1940, a las tres de la tarde, a su vuelta de Tapachula, Chiapas. Todo el pueblo juchiteco salió a encontrarlo a la estación del ferrocarril al toque de alegres dianas, tronar de cohetes, repique de campanas y vivas entusiastas.

¿Quién no ha escuchado este hermosísimo bolero romántico? Por supuesto que es del dominio público. Incluso ha trascendido las fronteras nacional e internacional.

Sin importarme que en algún otro sector racial se repitan, he aquí algunos rasgos intrínsecos del aborigen zapoteca.

A propósito de la proximidad de nuestras fiestas titulares (escribo) las siguientes líneas (esperando) que los lectores de Juventud y el pueblo de Juchitán las analicen con la misma seriedad con que han sido escritas, con toda la buena fe que encierran. Esta crítica es de tipo constructivo; muy lejos de mi ánimo ha estado el deseo de molestar o de zaherir oficiosamente.

A fines de enero del mismo año de 1851, el arribo a Tehuantepec de una Comisión Científica de los Estados Unidos, alarmó al gobierno de Juárez que, prevenido por la política imperialista pérfida de nuestros vecinos, creyó que se trataba de iniciar la fundación de una colonia norteamericana en el Istmo, con los siniestros planes de apoderarse después, de esta importante región, como en 1836 lo habían hecho con Texas sus colonos.

Su nombre de pila es Víctor Hernández López, nació en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, en el año de 1958, es profesor de enseñanza media, poeta y promotor cultural.