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Mon, Sep

La magia imperecedera de los días de la infancia, se han ido en mi memoria. Evoco los días pasados como si hubiesen ocurrido ayer y las imágenes llegan atropellándose por querer ser las primeras en aparecer. Esta casona antigua, guarda en su memoria como un eco reverberante los cientos de voces aquí pronunciadas al calor de los juegos y el contar de historias fantásticas. “Los hijos de tía Mercé Silvano” eran los imanes atrayentes para el cumulo de chamaquitos que merodeábamos los alrededores en busca de un mundo que sabíamos que existía y había que descubrir: el mundo de la fantasía.

Los zapotecas llamaron Pitao, (sierra), Pitóo, (Valle) y Bidóo (Istmo) a cualquiera de sus múltiples divinidades. Porque con los datos que nos llegaron los misioneros que vinieron con la Conquista, examinando las palabras que nos ha transmitido la tradición para significar las deidades de dicha raza, no es posible llegar la conclusión de que existiera en ella la creencia en el Dios infinito de las religiones monoteístas.

Dios mandó a sus hijos san Dionisio, san Mateo y san Francisco, que edificaran en quince días un templo cada uno donde pudieran llegar a ofrecerle oraciones. A cada uno, le dio permiso de hacerlo en el lugar que quisieran.