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Thu, Dec

Para Natalia, Rociíto y Alba.

Al centro de la mesa, un retrato de Rocío, seria, mirando al ojo de la cámara fotográfica, acaso una leve sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios, las cejas enarcadas. El cabello corto, probablemente después de su primer ingreso al hospital, luego de su libro Neurología 211 (anoche dije que si es difícil escribir “bien” acerca de la muerte, es doblemente complicado escribir “bien” en torno a la casi muerte de uno, lo sé de cierto). Un collar de guie’ chaachi’ –flores de mayo- rodea el marco de la imagen. A su lado, flores rojas, amarillas, blancas, moradas, y cinco veladoras, iluminan la noche en que Rociíto, la hija de Natalia dice entre sollozos: Si yo no puedo con el dolor, mi mamá menos va a poder.

Hace poco presencié una escena no poco común en nuestra región istmeña. Un señor con aires de intelectual reprendía severamente a una joven por no saber hablar el idioma zapoteco. De forma un tanto grosera, el sujeto decía más o menos esto: “¡cómo es posible que no hables didxazá!; ¿no sabes, acaso, que la lengua es un pilar de nuestra cultura e identidad?; ¿no sabes que el zapoteco es hermoso y de igual valor que el castellano o el inglés?”. La joven no sabía qué decir, y trataba de ocultar su vergüenza respondiendo tímidamente: “es que mis padres no me enseñaron”.

En el año de 1965, llego una invitación para que el equipo infantil de Chihuitán fuera a jugar al vecino pueblo de Ixtaltepec. Algunos ya sabían sobre la forma de jugar de nuestros niños y esta fue la razón e interés de que estos se “midieran” contra el equipo que ya había obtenido el campeonato estatal de esa categoría. ¡Imagínense! ¡Jugar contra los campeones!

Eran las fiestas grandes en Juchitán, y Ta Jacinto Lexu pasó al hogar de unos compadres avecindados en la Quinta Sección, cerca del templo de San Vicente Ferrer. Mientras la familia hacía los preparativos para ir a una tradicional Vela, observó Ta Chintu cómo los dos jóvenes de la casa respondían altaneramente a sus padres. También se percató de que cuando la señora mandó al hijo más pequeño por un encargo suyo, éste se negó rotundamente alegando no tener ganas.

A lo largo de la rivera del río de Juchitán, crecen uno de los árboles más singulares y característico de la región tropical istmeña. Se trata del pochote o la ceiba, árbol milenario de tronco grueso, frondoso, con grandes ramas que da mucha sombra, bajo las cuales cualquier caminante descansa hasta que le da sueño. Este árbol da flores pequeñas de color rosa con un líquido o manjar de los chupamirtos, su fruto grueso parecido al tamaño y forma de un aguacate, que en zapoteco le llamamos Pombo, su contenido es de gajos que al exponerse al sol dentro de bolsas de manta se esponja y se convierte en algodón. Este algodón es utilizado por las familias para elaborar cojines, almohadas, colchonetas.

Juchitán a principios del siglo pasado fue una población donde corría un majestuoso río, donde tenían su hábitat las nutrias, era un rio limpio de aguas transparentes, donde la gente se iba a bañar y las mujeres lavaban su ropa, los niños y los jóvenes corrían y jugaban en sus márgenes bajo los frondosos árboles de guie’ xhuba, guanacastes, framboyanes, ceibas, mangos, tamarindos, gulaberes, entre otros. Ese Juchitán mágico que se caracterizaba por tener sus casa de tejavana, orientadas de norte a sur y con sus grandes patios cubiertos de sombra de sus grandes árboles, donde en ocasiones se podía admirar una gran variedad de aves exóticas de la región y, por si fuera poco, por doquier emanaba el aroma de la gran variedad de flores que predominaron en la población que por algo le valió el sobrenombre de Juchitán de las Flores.


Primera plática del ingeniero León.

En octubre de 1930, estuve en Matías Romero (Oaxaca), en compañía del ingeniero Ricardo León, quien representaba a la corporación municipal de Juchitán y yo era el presidente del comité Pro-Puente. Fuimos a gestionar el embarque y transporte de las trabes de fierro viejo necesario para el puente del río de Juchitán que habíamos adquirido por gestiones del juchiteco Enrique Liekens ante el Departamento de Bienes Nacionales. Se necesitaron dos viajes para lograr traerlas, por lo que permanecimos la primera vez en Matías Romero ocho días y la segunda diez. Así fue como tuve oportunidad de escuchar las sabrosas pláticas del ingeniero León que en diferentes ocasiones había oído charlas sobre visiones misteriosas.

La “Señora de las iguanas” fue una mujer juchiteca llamada Zobeida Díaz, que se dedicaba al comercio. Desde muy chica vendía huevos de tortuga, huevos de gallina, tortillas, cerveza, collares de flores… Además, sus familiares cuentan que era una mujer con gran presencia en la comunidad, ya que le gustaba participar en los mítines de la Coalición Obrera Estudiantil del Istmo (COCEI), organizar fiestas y convivir con sus numerosos sobrinos.