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Mon, Mar

Hacia 1995 quiso la fortuna ponerme al habla con Eraclio Zepeda. Le propuse, sin más ni más, que viniera a echar cuentos en Juchitán. Acordamos la fecha y otros asuntos para el caso.

Eran tres hermanas de ojos bellos y negros, que al clavarlos sobre sus enamorados los embriagaba y seducían como los alados insectos que a fuerza de rodear la llama dejan al fin sus alas en ella.

“Era muy inquieto, y tenía un ímpetu que motivaba a cada persona que le acompañaba en su caminar”, señalaron algunos amigos de Alberto Quiroga Carballo, conocido entre sus colaboradores como “Payaso”.

Para Gabriel, Alba y Nuria.

Mi entrañable afecto por las letras nació en los luminosos días de mi infancia, que no fueron luminosos porque todo estuviera resuelto en casa y uno anduviera feliz con traje de marinerito y toda la cosa. Todo lo contrario. Esos años transcurrieron entre el denodado esfuerzo de la abuela y de mamá, quienes trabajaban duramente para que en la mesa pudiera brillar la cazuela con un delicioso guiso de cerdo en espesa salsa roja, a la cual todos acercábamos nuestra olorosa tortilla recién salida del horno, al final yo recogía devotamente los últimos untos de la sartén de barro, relamiéndome de gusto los dedos y la comisura de los infantes labios.

Cuando se pregunta al escritor bilingüe Víctor Terán si vale la pena traducir textos como la Constitución Mexicana al zapoteco u otras lenguas indígenas, cuando los propios indígenas ni siquiera están alfabetizados en su lengua madre, el poeta no titubea en responder que sí.