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Thu, Jan

Morir lejos de casa: los padres de Odín, víctima de Covid, resguardan su memoria en el reino zapoteca

Istmo
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Juchitán.— La urna con las cenizas de Odín llegó hace cuatro meses al altar familiar. Desde entonces está rodeada de flores, santos, incienso y rezos, pero hoy que los zapotecas del Istmo celebran el Xandú (Todo Santos), su altar luce diferente: está desbordado de flores, café, panes, garnachas y lo que en vida Odín disfrutaba.

Todo esto se ha puesto en honor a este joven, pues aunque según la tradición zapoteca aún no le toca llegar a convivir con los suyos porque no se han cumplido los seis meses de su partida, su madre Ardalia lo espera.

Odín López Carrasco es uno de los 90 mil mexicanos que perdieron la vida a causa de la pandemia de Covid-19 que azota al país desde hace ocho meses. Era el segundo de tres hijos y tenía 29 años cuando sus padres Marcelino López Orozco y Ardalia Carrasco Regalado lo perdieron, quienes se niegan a que Odín sea un número más de las estadísticas.

Estos padres juchitecos recuerdan a su hijo como el excelente Ingeniero en Sistemas Automotrices, responsable en jefe en una empresa japonesa de autos en el Estado de México, y destacado egresado del Instituto Politécnico Nacional (IPN). También lo recuerdan como el feliz esposo de Karla; como un amoroso hijo con un futuro brillante y como el dueño de un perrito llamado Thor.

Dos fechas

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Foto: Roselia Chaca

Ardalia se quiebra al hablar de Odín, se deshace en llanto. A pesar de ello, dice que lleva muy presente dos fechas con sus horas: el 2 de marzo de 1991, a las 8 pm, cuando nació; y el 22 de junio de 2020, a las 5 pm, cuando murió.

Desde entonces, esta mujer zapoteca cayó en depresión y su corazón se debilitó mucho, y aun cuando está convencida que su hijo se convirtió en un ángel, dice que se siente muerta en vida. Pese a ello, en medio de su tragedia y de una contingencia que limita la participación social, ella y su esposo Marcelino cumplen en privado con todo el ritual funerario que la costumbre dicta.

Odín murió en la Ciudad de México después de luchar una semana en una clínica privada contra el virus que desola al mundo. Ardalia y Marcelino recibieron dos fotografías de él en sus celulares desde el hospital. Se veía bien, los saludaba sonriente, pero todo se complicó y sus pulmones colapsaron.

Destrozados, ambos alcanzaron a despedirse de él antes de que fuera cremado en una funeraria, y decidieron trasladar sus cenizas a Juchitán, al hogar familiar, donde jugó y fue feliz toda la vida. Y donde, aunque no nació, sintió su ombligo enterrado.

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Foto: Roselia Chaca

Cuando la familia regresó con las cenizas de Odín a Juchitán, recibió el consuelo de los vecinos, amigos y familiares, nadie lo discriminó por la enfermedad, al contrario les brindaron consuelo, pero debido a la pandemia, llevaron el ritual funerario de manera privada.

Mientras esperan que los tiempos se tranquilicen para colocar la urna con la ceniza en una capilla en el panteón municipal, se mantiene en la mesa de los santos rodeado de los abuelos y los tíos que le antecedieron en la partida.

Este Día de Muertos, Ardalia y Marcelino saben que a la casa familiar llegaran aquellos familiares ausentes y están convencidos que Odín vendrá con ellos, aunque aún no le toque la visita.

“Esta noche vendrá mi mamá, los tíos, los abuelos, sé que Odín está con ellos. Sé que cuando los vea con rumbo a la casa él también se les unirá. No le toca aún, pero algo me dice que vendrá con los míos y por eso lo espero con este pequeño altar.

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Foto: Roselia Chaca

“Lo espero con su café preferido, su espagueti y lo que más le gustaba en vida, lo esperamos con amor este día. El próximo año, en su primer Todo Santos, tendrá un altar más hermoso y mucho más grande”, cometa Ardalia mientras enciende una vela en el colorido altar.

La vida de Odín se apagó de repente. Sus planes para este años era viajar a Europa y tenía la ilusión de ter un hijo y nombrarlo Thor, seguir observando el cielo con su telescopio, y ver a Ardalia y a Marcelino estas vacaciones. En cambio, atravesará el inframundo esta noche de fríos vientos de la mano de su abuela y sus tíos.

“Tuvo una vida corta pero feliz. Lo recordaremos siempre con amor, lo esperaremos todos los años en el altar con su comida preferida, con los rezos hasta que nos volvamos a ver en la otra vida. Seguiremos llorándolo, nos seguirá doliendo su repentina partida”, dice Marcelino, mientras intenta no llorar y muestra las fotos de un Odín feliz en su fiesta de bodas.