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Sun, Sep

Irma Pineda y Natalia Toledo. Poesía para no enfermar de distancia

Mexico
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Cantares de mi tierra se llama la canción que está de fondo, la voz es de Carlos Antonio, líder de la banda Los Juchilangos. He llegado puntual porque sólo serán cuarenta y cinco minutos de actuación por parte de Irma Pineda y Natalia Toledo. Leerán sus poemas, firmarán autógrafos y una que otra foto sí que ofrecerán a sus seguidores.

Que por lo visto no son pocos, el auditorio principal del evento está repleto. Se está celebrando la V Fiesta de las Culturas Indígenas en el Zócalo de la Ciudad de México.
Faltan diez minutos para que sean las cuatro de la tarde, la hora que citaron.
Desde la primera fila el escenario se ve genial: un par de sofás blancos y sobre una mesa pequeña descansan botellas de agua y micrófonos que usarán las poetas. Eso es todo, pero también es suficiente. Los Juchilangos siguen haciendo lo suyo, ahora suena Amor traicionero, esa canción que en su momento la Orquesta Guayacán hiciera famosa en toda Latinoamérica. Pero la que está sonando es una versión a dos guitarras y una sutil percusión que no empaña pero que sí armoniza mejor la melodía. Los arreglos me gustan.
Ya son las cuatro en punto y las poetas no aparecen en el escenario. Eso significa que el recital comenzará tarde, el tiempo de actuación se verá reducido y eso no me gusta mucho. Mientras tanto la música de fondo sigue con La sandunga, uno de los himnos más valorado del Istmo de Tehuantepec. La gente lo tararea, dice “ay, Sandunga, Sandunga mamá por dios”. Es un canto de lamento, pero también de reclamo, la gente de ahí lo sabe y cada vez que Los Juchilangos llegan al coro susurran al unísono. No parecen estar conscientes de que ya han pasado cinco minutos después de las cuatro de la tarde, no parecen estar preocupados como yo.
“Algo pasó” digo por dentro, “ellas son puntuales” agrego, pero ahora lo digo por fuera.
La Ciudad de México siempre me ha parecido un monstruo cultural que cuando convoca a sus artistas, más de uno levanta la mano para hacer parte de su jolgorio. Y la Fiesta de las Culturas Indígenas es un ejemplo de esto que digo, porque los barrios y los pueblos de la ciudad más grande –y por mucho de las más bonitas– del mundo aparecen en el centro de la capital, se manifiestan con lo que fueron y que además pretenden seguir siendo. Y hasta aquí venimos los que queremos comer un tlacoyo, una tlayuda, unos chapulines con guacamole, un elote asado. Nos gusta porque los hemos probado, o porque nos han dicho que son una delicia. Entonces estamos aquí viendo los puestos con artesanía y gastronomía milenaria, fabricado y cocinado por los propios indígenas. Sumado a todo ello, hoy se presentan dos poetas zapotecas.
Ellas son de Juchitán, Oaxaca. Hablan, escriben y leen en zapoteco. La cosmovisión de los binnizá, la gente que descendió de las nubes, es compleja y alegórica. Y dentro de todo su entramado simbólico hay un tema que llama mucho la atención, porque refuerza el carisma de lo mexicano y soslaya la pena inmensa del propio suceso: la muerte. Quizá se pueda decir “morirse”. Cuando alguien se muere no desaparece, más bien adquiere otra modalidad de existencia y como tal es asumido dentro de la vida cotidiana. La memoria colectiva hace que en fechas y rituales su pasado sea reivindicado en el presente.
Según el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, el diez por ciento de la población mexicana es indígena y existen más de cincuenta etnias y cada una de ellas tiene su propia lengua (lo que se traduce en su propia cosmovisión de mundo). En el país más de seis millos de personas hablan una lengua indígena con sus trecientas sesenta y cuatro variantes lingüísticas. Y entre tantas está Irma Pineda que ya ha llegado, está en el lado izquierdo del escenario intentando contactar por teléfono con alguien. Hemos hecho contacto visual y me ha sonreído. Natalia Toledo no aparece por ningún lado, supongo que lo hará más tarde. Pero ya son más de las cuatro y la gente ya notó que Irma está aquí.
Por el sonido local comienza a sonar El Mariachi con arreglos de Los Juchilangos.
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“Esa es la de Coco” dice una señora y su marido la secunda:
“Sí, esa es la de Coco”.
Yo no he visto la película animada, pero me cuentan que esta canción hace parte de su banda sonora.
Irma ha subido al escenario. Se acomoda en uno de los sofás y de inmediato coge el micrófono. Hace el gesto acostumbrado, golpearlo para comprobar que está encendido. Alguien la presenta y ella comienza explicando de qué irá el recital. Dice que Natalia Toledo llegará un poco más tarde, que se encuentra un poco indispuesta pero que sí estará aquí con nosotros. Ya son las cuatro con diez y la de Coco no alcanzó a terminar porque la cortaron, lentamente, como bajándole el volumen de a poquito para que no se note.
Saluda en zapoteco, su lengua madre. Es una de las lenguas con más hablantes en México, otras son el náhuatl, el chol, el totonaca, el mazateco, el mixteco y el otomí. Pero igual hay cuarenta lenguas más que están desapareciendo, a algunos le sobran menos de doscientos hablantes, así que si no se hace algo al respecto la lista comenzará a reducirse. Seguramente esto lo sabe Irma Pineda, que insiste aquí y en otros foros en la importancia de recuperar, cuidar y valorar la lengua madre.
El equipaje es el primero de sus poemas. Pertenece a un libro que versa entorno a la migración; “por diferentes razones” dice Irma, “pero la gente se va”. Yo acabo de regresar a México después de seis meses en el extranjero (cinco días atrás aterricé) y me puede lo que dice la poeta. En una frase de su poema, Irma lanza un zarpazo que a más de uno seguramente caló: “deja la nostalgia para que no te enferme allá”. La gente aplaude, saben que es una mujer cabal con sus palabras, reconocen en ella a una mujer comprometida con su cultura y su gente. Una espina es su segundo poema: “una espina dentro de la carne es el dolor” dice y sospecho que esto será intenso. Recuerdo: “habla, suelta tu palabra”; Dos caminos: “si me quedo, si me voy”. Después de cada poema, Irma Pineda deja descansar a su público, quizá sabe que lo que dice es cosa seria, porque eso de recordarle a alguien que la partida a veces es necesaria si su objetivo es seguir luchando, me tiene en suspenso.
¿Y es que para qué sirve la poesía si no para una suerte de arma ideológica y emocional a la hora de hacerle frente a los estragos que va dejando la vida?
Natalia Toledo ha llegado. Sube al escenario sonriendo, tan irreverente como siempre ha sido. Se sienta a la derecha de Irma Pineda y se disculpa, dice que tuvieron que inyectarle un medicamento porque se sentía “muy mal”. “O sea cruda pues” dice en zapoteco y la gente se ríe con ella.
“Es la primera vez que leemos juntas y solas” dice Natalia y así caigo en cuenta de que tengo enfrente a dos mujeres que se han convertido en referentes de la poesía en lenguas indígenas en América Latina. Entre las dos suman una cantidad considerable de premios y reconocimientos, pero también figuran como precursoras de proyectos culturales en el país y por ello también han recibido el aplauso y admiración de sus lectores. Las veo empoderadas, seguras de que su trabajo es bueno, que su rítmica la rompe y aplasta cualquier nostalgia –si es que alguna se ha colado esta tarde por aquí– en cada palabra.
Lee Natalia Toledo: “por todo lo que inventé para tener una vida, yo canto” dice y la gente guarda un silencio. Algo ha sucedido, algo dijo y con ello algo tocó en el interior del auditorio. Luego revienta un aplauso. Siguió un poema sobre Valle de Bravo que terminó en jeringonza en zapoteco y en español. No faltó su poema sobre la vagina, “la concha” precisa ella. Nos recordó que vive en el centro de la Chingada en un poema que le dedicó al poeta Víctor de la Cruz. Natalia le ha puesto sensualidad al recital, le ha puesto candela y la gente aplaude con fuerza. De Irma no se podía esperar otra cosa, con las mismas respondió.
Con el poema Chocolate Irma Pineda aludió eróticamente al cacao molido con un molinillo que entraba y salía de alguna parte del universo humano. Siguió Me enseñaste y reventó las defensas de esta pluma que está escribiendo cuando dijo que ella amaba como las fieras, “con todo y por nada”. Para Irma Pineda basta Un segundo para todo esto, para mostrar el secreto sexual y el más fiel amor sentimental. Pero primero en zapoteco después en español, con una traducción (quizá sea mejor decir que se trata un doblaje de imágenes del zapoteco a la cosmovisión occidental del español), como un llegar a un puerto donde la gente quiere entender cómo es que ama, como es que besa y chupa una mujer zapoteca el cuerpo anhelado del que tiene bajo su piel.
Las dos poetas tuvieron un par de turnos más para darle fin al recial. Cuando se despidieron lo hicieron con un poema cada quien. Irma selló su participación afirmando que “se nos va la piel con los años”, y Natalia hizo lo propio: “todo lo que hoy está en esta tierra está dentro de ti” nos dijo.
A un lado del escenario la gente se amontona, quiere conseguir una foto con las poetas, buscan que le firmen sus libros, o simplemente quieren decirles algo para que sepan que las admiran. Yo me mantengo a la distancia, pero también quisiera hablar con ellas. Voy haciendo aproximaciones sucesivas, quizá con un poco de suerte me toque el turno y pueda saludarlas, decirles que el recital fue un éxito y un poco más. Pero hay mucha gente, ellas no paran y no se dan abasto con los saludos, con las firmas, con las fotos. Son unas estrellas y al parecer también saben llevar este papel. No paran de reírse, de oreja a oreja.
Al final logro tomarme una foto con ellas, una a cada lado, y les digo lo que les quiero decir. En la instantánea yo aparezco riendo casi a carcajadas por un buen chiste de Natalia, y es que Irma con su sonrisa ancha le ha dado una idea a su colega que no duda en poner a prueba.
Vaya, uno deja su nostalgia en cada viaje para no enfermarse de distancia, como aludiera la poeta.

Ciudad de México
24 de agosto de 2018