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Tue, Jul

El Viento

Opinion
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Se lo llevó el viento, " lo que el viento se llevó"- título de una película clásica-,"todo se lo lleva el viento"; el polvo que el viento levanta aquí en Juchitán donde las excavadoras siguen trabajando, sonando el golpe de cacerola de los escombros al caer en la caja del volteo.


El polvo está en el aire de Juchitán, ayer vino un viento un poco después de una ligera llovizna. Antier había salido un sol como de primavera; en tanto se despejó el cielo ayer, lo nublado, cayó el viento.
A esta hora que les escribo se oye el viento. Eólo el dios abrió, quitó la piedra de la cueva del cerro y lo soltó al Istmo. Sólo que es más fuerte el viento en La Ventosa, Chicapa de Castro. Con esta velocidad de viento no es propicia para los Ventiladores, para aprovechar su energía, su fuerza, la velocidad debe ser moderada.
Ahora, este mes de noviembre por tradición es de viento, como lo es octubre. El Istmo en tiempo pasado cuando - el calentamiento global - no había cambiado el clima de las estaciones del año. El viento aquí iniciaba en octubre y terminaba en febrero: "febrero loco marzo otro poco.", Esta frase se cumplió en el Istmo. Para los campesinos tiempo de secas - de sequía -: guzi baa', y la época de lluvia: gu'zi guieé. Eran las dos épocas predominantes en el Istmo, y a esta altura del tiempo estaría los campos sembrados de ajonjolí pata ser cosechado en Diciembre.
Dios es grande al proveer al hombre del campo en época de sequía, dinero para las fiestas de fines de Diciembre.
El niño que yo era entonces, mi abuelo don Amado Sánchez me daba un lápiz y un cuaderno, me subía a la carreta cargada de costales de ajonjolí; acompañarlo para anotar los Kilos de ajonjolí que la báscula marcaba al pesar
2 o 3 costales de ajonjolí juntos. Y multiplicar por el costo de un Kilo.
Los señores que recuerdo compraban ajonjolí en Juchitán eran don Porfirio Pineda, Delfino Marcial... Con ellos los campesinos iban a comprometer su cosecha de ajonjolí. Y quienes daban pequeños préstamos de dinero y proporcionaban la tela tamiz de alambre para colar el ajonjolí. Quitarle así basuritas que soltaban sus pequeñas vainas cargadas de ajonjolí, y prestaba el comprador los sacos de yute, que al estar llenos eran cocidos con una aguja grande provista de un ojo propio para permitir el paso de un hilo de mecate. Por esta época – las piñas - de ajonjolí estaban en conjunto situadas en el terreno dando la impresión de una colonia de indios apaches con sus tiendas de campaña. Sin más lo que días recientes eran los albergues que se situaron en el Tecnológico, en el campo deportivo de Beis Bol... Con sus Casas de Campaña.
El comprador prestaba también una manta de algodón - entonces nada era de plástico -. Esta manta se extendía en el piso cerca del conjunto de “piñas” de ajonjolí ya secos. Debajo de las piñas se hacía pasar un palo firme, de cada lado un hombre que levantaba la piña que de cabeza era tumbada sobre la tela puesta en el suelo. Las semillas de ajonjolí sonaban al descargarse de sus menudas vainas. Cada vara de rama de ajonjolí era azotada boca abajo con una vara, vaciando así sus vainas.
De este montón de semillas con una pala se llevaba al tamiz o colador de alambre el ajonjolí para ser colado y lo filtrado caer sobre otra manta puesta ahí junto. Estos quehaceres llevados a cielo abierto con viento por lo regular. Entre platicas amenas, con humor entre los jornaleros que iniciaron su labor desde temprano -7 a.m.-, así llega la hora del desayuno donde cada quien saca de su bolsa de red de mecate - guixiaa'pa -, lo que su esposa proveyó para su almuerzo. Todos sentados en círculo compartiendo el sagrado alimento, entre charadas y cuentos de buen humor, acompañado de una salsa campesina hecha de chile piquín - gui'ñaa xiguúndú - que crece en abundancia en el monte. Con cebolla sal y mucho limón con tantita agua. Este preparado tiene su nombre en zapoteco, que a ahorita no recuerdo. Los frijoles secos vienen en hojas de totomoztle, la carne seca cocida al horno de temazcal, viene en hoja de almendro...Tortilla rugiente de horno, y una "candereta" de café servido en jícara de morro. Y darle como Dios manda debajo de un árbol hecho enramada de guayacán o de olivo negro - zquiee yáa'ze-. Mientras el viento suena y se ve a lo lejos levantando polvo formando un caracol que se arremolina, se eleva como un largo pañuelo extendiéndose con fuerza hacia el sur. Ni más " como la bella Remedios que se pierde en el remolino de viento en Los Cien Años de Soledad."