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Fri, Sep

Después de 10 años de luchas, el país se encontraba en ruinas en su infraestructura económica.

Cada vez que las redes sociales envían el mensaje de que nos debemos centrar en el tema que ellas colocan, el deber de saber si se comulga con ese tema manda una señal de semáforo en amarillo que nos previene a “sobrevivir” o “supervivir” como espectador que más o menos se atiene a contrastar la polémica, la evidencia o la investigación. El “lector eficaz” anida su razón en la razón del que lanzó esa carga de imaginación colectiva de alerta en los intereses de grupo o de patrimonios culturales próximos a debatirse en el quehacer nacional, y el “lector eficiente” ensaya en la realidad sus certezas históricas como un ente modelado en la construcción cívica.

Septiembre es el mes en donde los festejos se disparan en cada pedazo de este país. México cabalga por única ocasión en todo el año, a no ser que se le agregue la batalla del 5 de mayo, en la certidumbre contemplativa de un desafío de país que milita entre el “mínimo esfuerzo y la máxima utilidad”. La idiosincrasia mexicana no termina por reinventarse, pero la exigencia de triunfo desfallece ante la amenaza de cualquier otro caudillo que nos convoque a ofrecer nuestra vida a cambio de libertad cedida pero no ejercida. El mexicano festeja para advertirle a ese caudillo inexistente aunque en prospecto latente, que los triunfos ganados hablan por muchos años de libertades inmutables en su reconocimiento cultural. Algo así como aquel dicho que expresa: “lo duro no se siente cuando lo tupido está por llegar”.

De acuerdo al artículo 36 de la Ley Orgánica del Poder del Estado, una de las funciones específicas de la Secretaria de Salud es “apoyar el mejoramiento de las condiciones sanitarias del medio ambiente”, según lo estipula el inciso XIV de la mencionada Ley Orgánica.

A Eneida Chagoya Pineda

La conocí y no la traté hasta pasados muchos años. Ella era muy amiga de quien se convirtió en mi íntima: Enriqueta Valdés Herrera. Acepto a mis amigos tal como son, e intento fraguar con sus amistades alguna relación cercana. No con todas las amistades de Queta Valdés Herrera llevo buena relación, existen cercanas a ella que nunca me han caído bien, y de hecho, de ese mundo de “queda bien” cercanas a “Quetis”, evito darles consideraciones a muy pocas, que de plano prefiero evitar. Pero con Eneida fue diferente. Un día me comunicó “Quetita” que íbamos a matricularnos a un ‘curso general educativo’ (chequen mi eufemismo positivo --al revés--) que nos iba a llevar 2 años cursarlo en Juchitán. Era, si mal no recuerdo el mes de junio de 2012. Uno que otro colado siguió invitando “Quetis”, cosa que desaprobé. Todavía me acuerdo que le comenté: “Ya no andes metiendo a nuestro círculo cercano a quienes fueron nuestros alumnos, podemos estar juntos pero no revueltos”. Un aspecto que no me cuadraba de esta animosidad gratuita de “Quetita”, era el escaso profesionalismo de algunos ex alumnos que no habían “pastado” y que ya se consideraban “expertos” en algunos temas. Yo todavía pregunto a estas fechas: “Un mejor promedio de cualquier generación, puede lidiar con un rezago del doble de años en la misma persona durante un ‘curso general educativo’? Es una contradicción, pero así son estas cosas en un contexto universitario prístino, por no decir “silvestre”.