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Wed, Apr

Este 7 de noviembre cumpliremos 2 meses del terremoto de aquella noche de jueves. Al día siguiente viernes ya con la luz del día vimos el desastre causado, la destrucción de nuestras casas, el montón de escombros en que se convirtió la casa, las casas derrumbadas que no se alcanzaron a verse porque la barda parada no lo permitió.

Poner los ojos en el istmo después de los sismos nos permitió recordar la grandeza de esa región y, en particular, la fortaleza de las mujeres zapotecas que, de algún modo, se han caracterizado por su visibilidad. La imagen de las tehuanas ha formado parte de la vida nacional con un rol protagónico.

Inicié el día de ayer aprendiendo el signigicado de la palabra: apodíctico: En lógica, esta "palabra expresa o encierra una verdad concluyente que no deja lugar a duda o discusión".

Cada quien tenía pensado que hacer el pasado 8 de Septiembre. Seguro que alguien tenía pensado viajar, y puso seguro a sus puertas porque bastaba jalar su maleta preparada e irse.

Mucho antes de los sismos de Septiembre de este año, comenzó la devastación de la herencia arquitectónica de los pueblos del Istmo. Desde los años 70s la fisionomía de Juchitán cambió, nos alcanzo la modernidad. Una tras otra las viviendas vernáculas fueron desapareciendo, dando paso a las casas de concreto de una y hasta dos plantas. Las primeras casas fueron edificadas por gente rica, cerca del centro, eran enormes, con balcones y estacionamiento. La creciente clase burocrática, imitando, edifico en lo que fueron sus patios y huertas. Ahora las maquinas, cual sicarios de un “cartel materialista” dan el tiro de gracia, derribando las restantes casas tradicionales, incluso las que aun se podrían restaurar.

En 1968 México era un paraíso. Nuestra moneda valía, por donde fueras podías comprar en un Banco un Centenario. El campo cultivado, el gobierno daba desayuno a los niños en las escuelas. Había trabajo, se descansaba los sábados. Buenos salarios. Aquí en Juchitán los campesinos antes del amanecer llegaban a sus labores. La mujer se levantaba para darle un chocolate a su esposo antes de partir a su trabajo. Preparaba su itacate, en su morral llevaba frijol seco, carne seca o pescado para el almuerzo. Cosechaba melón, sandía, calabaza, maíz por tradición, frijol, ajonjolí en época de sequía. Eran días de bonanza. Nada hacía falta. Llovía, no había robo, el plástico no se conocía. El popote era de papel, no se conocía detergente...