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Wed, Mar

Hagamos de cuenta que una fuerza poderosa concedió el milagro de la resucitación de tres grandes intelectuales mexicanos, que en vida conocieron y aplaudieron el nacimiento de la COCEI, allá a finales de la década de los setentas.

Oaxaca amanece con nuevo gobernador. Esa sensación caracteriza la confianza depositada en las elecciones del pasado 5 de junio, la esperanza de un gobierno fuerte, sostenido y sustentable y, de una trayectoria política indiscutiblemente sobria, sensata y que combine justicia social con el desarrollo de la construcción de la ciudadanía (educación, democracia y asamblea).

La realidad política de Juchitán es la radiografía exacta de lo que ocurre en todo el país.

A finales del siglo diecinueve, exactamente el 13 de enero de 1889, vio la luz Gláfira Pineda Esteva, hija de Apolinar Pineda Orozco y Natividad Esteva Vázquez; nieta de Miguel Pineda y María Orozco, así como de Mariano Esteva y Leonarda Vázquez. Mujer de memoria prodigiosa, que vivió noventa y seis años, con salud y lucidez envidiables. Abuela, bisabuela y tatarabuela de varios vecinos de las calles céntricas de Juchitán, por el rumbo que hemos denominado Barrio Guendalisaa. Familiar de casi todos.

Desde los inicios del hombre, la política ha estado presente, no de la forma en que ahora la conocemos, más bien en tiempos de antaño, sin estructuras ni ambiciones, se logró consolidar el raciocinio entre aquellos primeros pensantes de la tierra que permitió crear la política que establecería y regiría los estilos de vida que el hombre experimentó hasta llegar a la civilización.

Discutir si la rebeldía tiene méritos, ha dado pie a menospreciar esa postura con la expresión: “banda de forajidos”. Los ejemplos son muchos, y la conducta que no se guía por normas, realiza un punto de quiebre en sociedades inacabadas (el Estado, una sociedad política rígida y limitada, ha dicho Giovanni Sartori). Ahora recuerdo el aspecto comunal de la banda de forajidos en el filme de Kurosawa “Los siete samuráis”, en donde el orden llegó a consumir lo que quedaba de bueno de una conducta sensata: la labor guerrera de un Samurái. ¿Habrá valido la pena ayudar a una población campesina que en complicidad con su cobardía asesinaba con ventaja a samuráis heridos en el pasado? Esa sociedad a la que se le nombra “cómplice” por las dirigencias en resistencia, y que son efectos colaterales, ¿deberían reconocerse como víctimas? Hacer transitar a esa complicidad convenenciera a posturas éticas, ¿habrá valido la pena? A eso aún no nos acostumbramos, y las formas de escudarse de las amenazas del exterior son rapaces, complacientes y de fácil explicación.