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A finales del siglo diecinueve, exactamente el 13 de enero de 1889, vio la luz Gláfira Pineda Esteva, hija de Apolinar Pineda Orozco y Natividad Esteva Vázquez; nieta de Miguel Pineda y María Orozco, así como de Mariano Esteva y Leonarda Vázquez. Mujer de memoria prodigiosa, que vivió noventa y seis años, con salud y lucidez envidiables. Abuela, bisabuela y tatarabuela de varios vecinos de las calles céntricas de Juchitán, por el rumbo que hemos denominado Barrio Guendalisaa. Familiar de casi todos.

“Un barrio es una subdivisión de una ciudad o pueblo, que suele tener identidad propia y cuyos habitantes cuentan con un sentido de pertenencia. Un barrio puede haber nacido por una decisión administrativa de las autoridades, por un desarrollo inmobiliario (por ejemplo, un barrio obrero creado alrededor de una fábrica) o por el simple devenir histórico”, según definición de Julián Pérez Porto y Ana Gardey.

Discutir si la rebeldía tiene méritos, ha dado pie a menospreciar esa postura con la expresión: “banda de forajidos”. Los ejemplos son muchos, y la conducta que no se guía por normas, realiza un punto de quiebre en sociedades inacabadas (el Estado, una sociedad política rígida y limitada, ha dicho Giovanni Sartori). Ahora recuerdo el aspecto comunal de la banda de forajidos en el filme de Kurosawa “Los siete samuráis”, en donde el orden llegó a consumir lo que quedaba de bueno de una conducta sensata: la labor guerrera de un Samurái. ¿Habrá valido la pena ayudar a una población campesina que en complicidad con su cobardía asesinaba con ventaja a samuráis heridos en el pasado? Esa sociedad a la que se le nombra “cómplice” por las dirigencias en resistencia, y que son efectos colaterales, ¿deberían reconocerse como víctimas? Hacer transitar a esa complicidad convenenciera a posturas éticas, ¿habrá valido la pena? A eso aún no nos acostumbramos, y las formas de escudarse de las amenazas del exterior son rapaces, complacientes y de fácil explicación.

Permítanme hablar de la revolución mexicana y escribirla sólo por esta vez con minúsculas.
No es falta de respeto, no. Quiero simplemente tratarla con confianza, con cotidianeidad, con cercanía, con informalidad, sí con cierta irreverencia, quizá con normalidad.

La juventud es la más importante población en los espacios que la red proporciona como transferencia de información, y su potencial en el consumo de la sociedad del conocimiento es altamente satisfactoria una vez que se ha llegado a la completa “alfabetización informacional” con la “generación Z”.

En más de una ocasión se ha dejado notar, que las revoluciones deben prever lo que harán en materia de progreso social, las etapas que lo deberían componer como innovación política y las exigencias que se les reclamarían a los dirigentes ante una conducta de aminoramiento selectivo. Los casos mayormente conocidos de revoluciones en la historia universal, han dado cuenta que la ley de hierro de las revoluciones, generalmente pasan de ideales, al conformismo en las exigencias de cambio.