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Mon, Jan

Mientras se buscaba un culpable sobre la relación diplomática precaria con la administración Obama-Clinton, la renuncia de Luis Videgaray a la Secretaría de Hacienda a principios de septiembre del año pasado, sonó a una mala lectura política sobre la visita de Donald Trump a Los Pinos el último día de agosto.

La crudeza con la que se mostraron imágenes del desplome del embajador ruso Andréi Kárlov ante las amenazantes balas de un policía turco en Ankara, vuelve a complicar el escenario de la guerra siria que no encuentra aliento de paz ante la llegada de este fatídico suceso conmovedor y escalofriante para los países involucrados. Alepo muestra imágenes terribles de una población devastada a juzgar por las ruinas y personas que no alcanzan el consuelo de las fuerzas en disputa, de la motivación económica de los grupos beligerantes sirios que desde la insurgencia preservan poder e influencia según el dictado de la realpolitik y del involucramiento de países cuyas intervenciones sólo proclaman intereses conspiratorios para detentar el control de la región. Las cifras que reporta en 2014 el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ascendían a 140 000 muertos, 6.5 millones de desplazados internos y 2.8 millones de refugiados, producto de la guerra entre fuerzas del presidente Bashar al Assad y la insurgencia siria.

Generalmente una sociedad política requiere de garantías para proteger sus intereses, y deja a la sociedad civil en una situación de promesa sobre su futuro cierto: lo que venga, dolerá menos que lo que realmente duele; como si fuera un dolor pasajero. Lo intermitente del dolor, se lleva como una inspiración de no perder la fe en el mundo; algo así como aquella frase de “Más se ha perdido en la guerra”. Perder la confianza en el mundo, ha sido una tónica de dejarse llevar por la desgracia, abandonarse, volverse inclemente con uno mismo. La política, en parte, recupera esos espacios de legitimidad: “prometiendo”.

Ellos ya no estaban cuando la decadencia integral de su pueblo se reflejaba por todos lados y en todos los aspectos, pero lo vieron en sus sueños y en cada despertar, se lo contaron a sus hijos, y éstos a los suyos, y cuando el futuro se transformó en el presente, la mayoría de los que llegaron después, no supieron interpretar los sueños, ni aun viendo ahora a este pueblo agonizando por el cáncer provocado por el desorden y la anarquía impuesta por unos cuantos, que cegados por el maldito polvo de la ambición desmedida por el poder y el dinero, confunden progreso con retroceso; aun sabiendo que el destino ya alcanzó a Juchitán y que su futuro está envuelto en una espiral incierta.