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De acuerdo al artículo 36 de la Ley Orgánica del Poder del Estado, una de las funciones específicas de la Secretaria de Salud es “apoyar el mejoramiento de las condiciones sanitarias del medio ambiente”, según lo estipula el inciso XIV de la mencionada Ley Orgánica.

A Eneida Chagoya Pineda

La conocí y no la traté hasta pasados muchos años. Ella era muy amiga de quien se convirtió en mi íntima: Enriqueta Valdés Herrera. Acepto a mis amigos tal como son, e intento fraguar con sus amistades alguna relación cercana. No con todas las amistades de Queta Valdés Herrera llevo buena relación, existen cercanas a ella que nunca me han caído bien, y de hecho, de ese mundo de “queda bien” cercanas a “Quetis”, evito darles consideraciones a muy pocas, que de plano prefiero evitar. Pero con Eneida fue diferente. Un día me comunicó “Quetita” que íbamos a matricularnos a un ‘curso general educativo’ (chequen mi eufemismo positivo --al revés--) que nos iba a llevar 2 años cursarlo en Juchitán. Era, si mal no recuerdo el mes de junio de 2012. Uno que otro colado siguió invitando “Quetis”, cosa que desaprobé. Todavía me acuerdo que le comenté: “Ya no andes metiendo a nuestro círculo cercano a quienes fueron nuestros alumnos, podemos estar juntos pero no revueltos”. Un aspecto que no me cuadraba de esta animosidad gratuita de “Quetita”, era el escaso profesionalismo de algunos ex alumnos que no habían “pastado” y que ya se consideraban “expertos” en algunos temas. Yo todavía pregunto a estas fechas: “Un mejor promedio de cualquier generación, puede lidiar con un rezago del doble de años en la misma persona durante un ‘curso general educativo’? Es una contradicción, pero así son estas cosas en un contexto universitario prístino, por no decir “silvestre”.

Cada vez que las redes sociales envían el mensaje de que nos debemos centrar en el tema que ellas colocan, el deber de saber si se comulga con ese tema manda una señal de semáforo en amarillo que nos previene a “sobrevivir” o “supervivir” como espectador que más o menos se atiene a contrastar la polémica, la evidencia o la investigación. El “lector eficaz” anida su razón en la razón del que lanzó esa carga de imaginación colectiva de alerta en los intereses de grupo o de patrimonios culturales próximos a debatirse en el quehacer nacional, y el “lector eficiente” ensaya en la realidad sus certezas históricas como un ente modelado en la construcción cívica.

Nicolás Alvarado es un extraordinario polemista que sabe que pudo lidiar con el laberinto en el que supuestamente había metido a la UNAM, lástima que su renuncia ya se consumó, a costa de una mayoría tiránica que subió miles de firmas de un plumazo por el presunto ataque que aquél le propinó al Divo de Juárez en ocasión de su muerte y de recordar su música y atavío, de paso. Ya no nos dio tiempo de aventajarle la jugada que pudo esgrimir todavía, aun con el rigor de la “lógica reactiva” (no hacemos cosas relevantes, pero quitamos de en medio lo que nos estorba). Esa “renuncia” sobre un escritorio lo esperaba con la tozudez que una personalidad como la de Nicolás Alvarado puede jactarse de “asumir” y de verse reflejada en el halago que la “minoría” se gana a cuestas, cuando lo ramplón y lo presumido se contagia en las masas.

A una semana de haber iniciado el nuevo ciclo escolar 2016-2017 como lo marca el calendario oficial de la Secretaría de Educación Pública en el territorio nacional, en Oaxaca la Sección XXII de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, acuerda intensificar su lucha para derogar la Reforma Educativa.