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Wed, Mar

Hace tres días, Barak Obama dio su último discurso en Chicago, lugar representativo para su historia familiar y política. El avión Air Force One fue usado por última vez como lo marca la pauta de transición presidencial en los Estados Unidos de América. El primer Presidente afroamericano de los Estados Unidos, como ya es costumbre, sobresalió de entre la multitud con una aceptación popular cercana al 55%, cifra ligeramente arriba que la reflejada en el porcentaje electoral (52.9%) que le favoreció en 2008 cuando se le asignó la categoría de ser el Presidente número 44 de ese país. Tras decidir contender por su reelección, alguien había dicho por ahí que: “… definitivamente tendrá que ser considerado como el político más emblemático de la web 2.0.”

Ahí estuvimos, vimos y escuchamos, el discurso reflejó sentimientos muy apasionados; sobre todo, cuando afirmó y ratificó que, los que tomaban protesta para dirigir los destinos de Juchitán durante los próximos dos años, representaban la última chispa de esperanza que queda para rescatar al sufrido pueblo del desastre por culpa de algunos ahí presentes y otros ausentes en esa ceremonia.

Generalmente una sociedad política requiere de garantías para proteger sus intereses, y deja a la sociedad civil en una situación de promesa sobre su futuro cierto: lo que venga, dolerá menos que lo que realmente duele; como si fuera un dolor pasajero. Lo intermitente del dolor, se lleva como una inspiración de no perder la fe en el mundo; algo así como aquella frase de “Más se ha perdido en la guerra”. Perder la confianza en el mundo, ha sido una tónica de dejarse llevar por la desgracia, abandonarse, volverse inclemente con uno mismo. La política, en parte, recupera esos espacios de legitimidad: “prometiendo”.

Mientras se buscaba un culpable sobre la relación diplomática precaria con la administración Obama-Clinton, la renuncia de Luis Videgaray a la Secretaría de Hacienda a principios de septiembre del año pasado, sonó a una mala lectura política sobre la visita de Donald Trump a Los Pinos el último día de agosto.

La crudeza con la que se mostraron imágenes del desplome del embajador ruso Andréi Kárlov ante las amenazantes balas de un policía turco en Ankara, vuelve a complicar el escenario de la guerra siria que no encuentra aliento de paz ante la llegada de este fatídico suceso conmovedor y escalofriante para los países involucrados. Alepo muestra imágenes terribles de una población devastada a juzgar por las ruinas y personas que no alcanzan el consuelo de las fuerzas en disputa, de la motivación económica de los grupos beligerantes sirios que desde la insurgencia preservan poder e influencia según el dictado de la realpolitik y del involucramiento de países cuyas intervenciones sólo proclaman intereses conspiratorios para detentar el control de la región. Las cifras que reporta en 2014 el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ascendían a 140 000 muertos, 6.5 millones de desplazados internos y 2.8 millones de refugiados, producto de la guerra entre fuerzas del presidente Bashar al Assad y la insurgencia siria.