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Mon, Aug

Puente Cheguiigu’

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Para mi querido amigo Tarú, por su memoria.
Yépez, dice, Yépez era el apellido de aquel ingeniero militar destacamentado en la Zona Militar de Ixtepec, el nombre no lo recuerdo, újule, imagínate, me lo contó mi abuelo, yo era un niño de diez años. Me enteré que el puente que llaman puente de Cheguigo, puente huiini’, fue construido en mil novecientos veintiocho por ese hombre que tenía grado de Capitán. El presidente de Juchitán en esa época era Rafael Saavedra Rey, dxu Falo le decían. Tiempo después leí que este hombre le ganó las elecciones al Club José F. Gómez, del Partido Verde; él era del Partido Regional Progresista, gente del Partido Rojo del Istmo.
Mi abuelo Manuel me contó del ir y venir de fierros y gente durante quién sabe cuántas semanas, bajo el sol, sobre el agua, trabajando en la cimentación, en los pilares de ladrillo que tenían un ángulo agudo mirando al Norte para que rompiera el agua en tiempos de río creciente. Por cierto, ese ángulo ya no lo respetaron cuando le dieron mantenimiento allá por mil novecientos noventa y siete, ¡setenta años después de haber sido construido! Pero de eso ya te platicaré después.
La gente se asomaba a curiosear para mirar las vigas de acero colocadas sobre los gruesos pilares, largas vigas traídas de Ixtepec, que eran del mismo tipo de las que se usaron en la construcción del puente del ferrocarril, a la salida de ese pueblo.
Sobre las anchas vigas colocaron tablones gruesos tratados con chapopote, así como los durmientes que se ponen en las vías del tren; sobre la madera es que caminaba la gente, felices porque ya no tenían que pasar por el agua, ni usar cayuco para atravesar en tiempo de aguacero. No recuerdo que me haya contado mi abuelo, pero escuché decir que hubo un tiempo en que las tablas ya estaban podridas y había tramos en que se caminaba sobre la viga de fierro. Un señor que ya estaba borrachito se quedó dormido ahí ¿que no se cayó y amaneció muerto?
¿Cuándo le pusieron el piso de cemento, dices? Újule, espera, puede que haya sido en mil novecientos sesenta y dos, cuando era presidente municipal Jaime Ferra, o en el sesenta y tres, que ya era alcalde el profesor Mauro Gómez. Digo que puede ser, porque en mil novecientos cincuenta y nueve pasó por aquí un fotógrafo que luego fue famoso, un tal Héctor García, él vino a cubrir la Carrera Panamericana, ésa donde corrían unos coches que hacían ruidero al pasar por el pueblo, precisamente por la carretera panamericana, que se inauguró en ese año.
Bueno, pues el señor Héctor anduvo tomando fotos, como una donde se miran unas tecas con traje bordado, pero descalzas, parece que van a una pachanga, ahí en el fey la han publicado. De ese artista es el retrato del puente todavía con piso de madera y van caminando unos piteros. Alegal, esas fotos las vi una vez hace casi treinta años en la Casa de la cultura, cuando le hicieron un homenaje al fotógrafo que te digo.
Luego, ya como por el noventa y siete que te dije, le dieron su primer mantenimiento formal a nuestro puente huiini’. Un señor del ayuntamiento, Juvenal Hernández su nombre, dirigió el trabajo, ideó un gato para levantar el puente y así le pudieron vaciar concreto a la cimentación que ya estaba mal por tantos años de corriente fuerte, el puente ya estaba un poquito ladeado, además el piso ya estaba un tanto curveado, ya tenía flecha, como platicó Juvenal.
Pero ya se le llegó la hora. Dice la autoridad que se va a seguir llamando “Saúl Martínez”, por el trovador del recuerdo, que nació aquí en Cheguigo, como Macario Matus, Ray Baxa y otros artistas.
Por aquí pasaban las parejas de novios, las señoras que iban a vender al mercado del centro, los hombres rumbo al trabajo, los niños a la escuela. Por aquí le picaban las abejas a la gente. Por aquí también pasaban chamacos que le quitaban su cartera a las muchachas. Por aquí pasó la vida de Cheguigo por noventa y cinco años.
Mi abuelo Manuel ya no alcanzó a ver cómo se pierde el puente viejo, no alcanzará a ver el puente nuevo.
El nieto de Manuel, de pie sobre la ribera oriente, con setenta y dos años a cuestas, mira el trabajo de la enorme máquina que le asesta golpes a la estructura antigua.
Santa María Xadani,  febrero del veintidós.