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Mon, Aug

El Lago de santa Teresa*

Istmo
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Las ciudades fundadas hasta entonces eran tan nuevas, y los hombres que las habitaban tan recientes, tan primitivos, que conservan el color de los adobes; pero no por eso algunos hubieran dejado de cometer, en tan pocos días, todo el mal posible. Dios sabía muy bien todo esto, y queriendo remediarlo, mando llamar desde el cielo al hombre más bueno de toda ciudad para tornarlo santo y darle poder para restituir la bondad perdida de aquellos hombres. Y desde allí todas las ciudades tuvieron un santo patrón.

Aquellas ciudades, por pequeñas, no podían contener dentro de sí, como sus latidos, a todos los hombres, y algunos andaban dispersos por los montes. Esto también era sabido de Dios y así fue que le dijo a Santa Teresa, quien tuvo siempre su morada en el cielo, que bajara a la tierra y fundara, en la más bella región una nueva ciudad para congregarlos.
Como con luz de cirio, la santa buscó el rincón de tierra deseado hasta encontrarlo, un medio día, en Ciénaga Grande o Cienigrande, como decimos hoy, cerca de Juchitán, cerca de san Mateo del Mar. Quieta, larga hasta el pacífico donde hasta entonces desembocaba, y de aguas tan profundas, tersas y transparente, parecía contener luz solidificada. El calor era en ese momento limpio, grande, sin mezcla de aire. Y Santa Teresa, bajo una sombra, cerca del agua, vio llegar, revueltos, a todos los animales de la selva a borrar sui sed y también a todas las aves. Llegaron asimismo, uno tras otro, tres hombres: un rico primero, después un hombre bueno y un ladrón al último. Con varias bolsas de dinero, el mercader parecía volver de un viaje de negocios de los poblados del contorno. Bebió y al irse dejó olvidado su dinero a la orilla del agua. No había caminado lo que hoy sería una legua, cuando recordó su olvido, y el ladrón después de beber recogió el dinero y huyó con él. Mientras el rico llegaba y el ladrón desaparecía, el hombre bueno llego para bañarse. Estaba hundido hasta el cuello en el agua cuando el rico comenzó a lanzarle desde la orilla, tal si fueran piedras, las palabras duras, ásperas, de su reclamación. Y el hombre de Dios, con un poco de espanto en las pupilas, contestaba que nada sabía. El rico esperó a que el supuesto hurtador volviera a la orilla y entonces, con un medio desconocido, le apagó la vida.
Desde la sombra donde descansaba santa Teresa observó, sin intervenir, el crimen. Después subió al cielo y refirió esta historia.
- No podrá fundarse nación alguna con esos hombres. Habrá que destruirlos.
Eso se oyó en el cielo. Y añadida una discusión escabrosa, poblada de objeciones, entre Dios y la santa que defendió a aquellos seres hasta sublevarse. Y que esta vez, sin la licencia de Dios, volvió a Tehuantepec para poner, unos tras otros, los cerros enfrente de la otra afirmación celestial.
- El mar saldrá de sus caminos para llevárselos.
Santa Teresa llevó junto al agua, con las manos una cordillera. Por lata, creyó que las olas no podrían saltar por encima de sus hombros. Pero el mar no lo intento siquiera sino que afiló sus olas en una sola punta y golpeó la muralla hasta agujerearla.
Y una noche, después de que los hombres habían dormido, despertado y vuelto a dormir, el mar, angosto, por aquella boca salió para ahogar a la tierra. Antes de morir, la santa pidió perdón y Dios refreno la bravura del océano, y el océano, manso, volvió a su cauce, pero mantuvo dos brazos fuera. Y nosotros les llamamos Lago Superior o de Santa Teresa, al más grande, y Lago Inferior al otro.

*Tomado del libro Los Hombres que Dispersó la Danza/Andrés Henestrosa/Edición conmemorativa de los 50 años de su publicación y de las Bodas de Oro Literarias de su autor/1979.