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Sun, May

Tremendo susto de mi abuela*

Istmo
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En una de las inolvidables noches invernales, mi abuela, al final de sus acostumbradas pláticas de sobremesa, nos contó que entre las surianas del Barrio Lima, en Juchitán (5ª Sección hoy), vivió una viejecita adivinadora que estaba considerada como la jefa de las brujas y se llamaba Nazaria Tóohóna. La respetaban por sus conocimientos de artimañas y brujerías y se le temía mucho.


Sus pronósticos eran asombrosos, porque a pesar de no ser instruida, anunciaba con precisión un “nortazo”, una creciente de rio o un terremoto. Como todo resultaba cierto, había que creer en sus vaticinios.
Se platicó después sobre los fuegos fatuos (en zapoteco skiruguii), que se cree que son almas que andan penando. Para dar fin a esas penas se requiere un valiente que se atreva a enfrentarse con ellas, y sabedor del motivo de sus desdichas se decidía a evitarles en su vida. Mi abuelita no sé si por simple deseo de hacer el bien a las almas que sufren o porque era también valiente, al terminar su relato dijo: (Yo, con esta hermosa luna que tanto brilla, sería capaz de sacar de su pena no solo a cualquier alma, sino a muchas a la vez). Todos nos levantamos y fuimos a nuestras camas apagando la luz. Ella permanecía desasosegada, no podía dormir ni sabía lo que le preocupaba.
De repente lanzó un fuerte grito: ¡Fuera, Chuco! Porque había oído un ruido como de cuero seco, arrastrado por un perro sobre el piso áspero y que claramente percibió un raa, raa, raa, constante e interminable. Le vino el fugaz pensamiento, cual meteoro de que algún perro escondido dentro de la casa, en la que se hacia la matanza de ganado, se hubiese llevado, alguna piel. Pero coordinó luego sus pensamientos y recordó que no había quedado ningún cuero dentro de la casa ni tampoco perro alguno. Sin embargo, el arrastre parecía que se acercaba más y más por debajo de su cama. Se acobardó mucho y dio un grito de terror que llego a oídos de mi abuelito, que dormía afuera, por el sofocante calor, en una hamaca. Se acercó a ella para preguntarle:
¿Qué te pasa, Manuela?
- Ese arrastre de cuero seco que estoy percibiendo desde hace rato – respondió ella -, no me deja dormir.
- Que ruido ni que arrastre – dijo él -, ¿Y ese valor de que tanto alardeaste al venir a dormir? De seguro ha de ser el alma en pena que invocaste para liberarla de sus sufrimientos.
Más ella sin que le importara la voz severa de su esposo, le dijo a éste: - ¡Ay Urbano!, enciende la luz.
- Sí. Contestó él, pero primero retira tu palabra de liberar de su pena a un alma que esté sufriendo.
Así lo hizo ella, rezando un credo. Se encendió la luz que es la poderosa disipadora de todos los temores y se vio que no había ni arrastre de cuero ni perro hambriento.
- Manuela – le dijo mi abuelito en tono de compasión -, nunca prometas lo que no puedas cumplir.
- Perdóname, Dios mío, pronunció ella. Amén.

*Tomado del libro Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec/Gilberto Orozco/Revista Musical/ 1946.