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Fri, May

Parteras empíricas

Istmo
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Mi tía abuela Elodia Facia, hija de la señora Bonifacia, nació en las postrimerías del siglo diecinueve, vivió más de cien años en el barrio de cheguigo, cerca del río de Juchitán.

Durante más de setenta años trabajó como partera empírica con los instrumentos más rudimentarios y escasos conocimientos de higiene, practicó una terapia de parto anterior a la invención de la obstetricia.
La señora Elodia como la mayoría de las mujeres, jóvenes, bonitas y humildes de su tiempo, se desempeñó como empleada doméstica en casas de gente rica, y profesionales pudientes, ahí aprendió algunas reglas elementales de higiene, buenas costumbres orden y poco español que llegó a dominar, que más tarde, le sirvió mucho para ejercer su oficio.
Para su época, la tía fue una mujer audaz, valiente y valiosa para la comunidad a la que sirvió con bastante eficacia y mucha entrega.
En el barrio cheguigu fue la partera más conocida. Acudían a ella a cualquier hora del día y de la noche los esposos de las parturientas para solicitar sus servicios. La primera indicación era, hervir agua en un jarro grande, después se presentaba con sus tijeras y otros adminículos. Las tijeras para cortar el cordón umbilical del bebé, el cual colocaba en un jarrito de barro y se enterraba en el patio de la casa. Durante la primera semana del bebé, la tía Elodia iba a bañarlo diariamente, al mismo tiempo entrenaba a la mamá primeriza para hacerlo sola. Después de haber cortado el cordón umbilical, ponía una faja de tela blanca al recién nacido para evitar que le brotara una hernia o se le saltara el ombligo. En algunos casos surgió el problema por el descuido de la madre, convirtiéndose en el niño shquipi roola (ombligo saltado o abultado).
La tía cobraba lo mínimo, la mayoría de las veces le pagaban en especie, con chocolate, pan huevos, tortilla, fruta, lo que tuvieran o vendiera la persona que atendía. Ella asistió y recibió cientos de niños y niñas a lo largo de su desempeño de partera, por ello, en el barrio mencionado y los contiguos fue muy querida, apreciada; muchos fueron sobrinos consanguíneos, como en mi caso, otros por extensión. En agradecimiento y, por el respeto que se le tenía a las viejitas y viejitos del pueblo, le llamábamos Tía Elodia.
Todas las perdonas embarazadas trabajaban normalmente en sus quehaceres domésticos o en el mercado, vendiendo frutas, flores, tortilla o cualquier otra mercancía; hasta el último momento que sentía dolores de parto, se iban a su casa para dar a luz. Algunas ellas mismas pasaban a avisar a la tía Elodia para que les asistiera en el momento crucial; este hecho siempre fue natural en el pueblo, nunca requieren de ejercicios especiales o psicoprofilácticos, como se acostumbra ahora con las mujeres citadinas y modernas.
La tía Elodia conocía bien a las señoras próximas a dar a luz, ya sabía la técnica por utilizar para cada caso, solamente le preocupaban las madres primerizas. Se volvía experta y famosa porque vivió un tiempo en que las señoras daban a luz un promedio de doce hijos de estos sobrevivían ocho. Había espacio de dos a tres años entre cada vástago, porque las mamás daban pecho a sus críos hasta los dos años cumplidos. Según los que saben de estos menesteres, mientras la madre a su bebé difícilmente podía embarazarse.
*tomado del libro Reminiscencias de la tierra nativa/publicado por la Fundación: “Todos por el Istmo”/México 2003.