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El Istmo de Tehuantepec, ¿debería escalar a convertirse en una región autónoma?

Opinion
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Noe Mijangos

El Istmo de Tehuantepec siempre ha estado en el banquillo de los acusados. En Oaxaca, la región de la Cuenca peca de ingenua y a la Costa le están haciendo una defección programada. De evitar un trato federativo, la región autonómica del Istmo de Tehuantepec tendría que ponerse de acuerdo en el cómo debe plantear su estadio posterior en cuanto a requisitos mínimos de gobernabilidad. Las desgracias del Istmo de Tehuantepec se avizoran porque su bandera es de resistencia, y en el colmo de la desgracia, la federación ha sabido conculcar canonjías para quienes puedan enarbolar sus logros financieros en donde el aporte fiscal anida precisamente fuera de los perímetros que producen esas contribuciones: la región zapoteca-Ikoots-Mixe-Zoque y Chontal.

 

El estado de Oaxaca ha sido incompetente para defender los cursos de acción de una región que le ha servido de puente discursivo. Salina Cruz con su refinería no ha podido hacer más que un núcleo laboral que zozobra entre el sindicalismo rapaz de la Sección 38 y el trato gerencial que experimenta modelos de protección civil trasnochados. Salina Cruz ni produce ni entusiasma a sus pobladores, atrae burocracia federal parsimoniosa y pusilánime y es contemplativa con su clase política mediocre y ‘queda bien’. El equilibrio es Juchitán: una sociedad comercial que sin refinería mantiene una condición competitiva y comparativa permanente que rehace los sinsentidos de un Salina Cruz agotado y desindianizado.

De buscar una capital para la región autonómica del Istmo de Tehuantepec, esa tendría que ser Juchitán. Buscar una alternativa histórica y coyuntural no será tarea fácil: la comunidad de Santo Domingo Tehuantepec, espera gustosa que la desafíen para implorar su fundación innegable de la raza zapoteca en el Istmo. Pero la coyuntura ahora se establecería bajo criterios zapoteca-Ikoots-Mixe-Zoque y Chontal. Sería un foro no exclusivo de ‘istmeños’, pues los avecindados (incluso coyunturales) aun a riesgo de socavar la acción en donde se represente a la ‘minoría’, tendrían el deber de elegir la sede permanente de los designios políticos y administrativos.

Educativamente, se planearía que las nuevas generaciones se consideren productivas ante las nuevas condiciones de participación, de tal manera que nuevas exigencias de cambio se adecuen a la ‘libertad de desarrollo de la personalidad’. Volver a los pluricultivos y dejar de obtener subsidios federales, podría dar como resultado que la federación nos siga considerando mexicanos, aunque ya no tan a la mano como para complacerla de atosigamientos genéricos que redundan en una cuenta de deuda fiscal que nos convierte en trashumantes y parias: extranjeros en el mismo lugar en el que hemos nacido. Muchos economistas istmeños y avecindados, podrían generar políticas de ahorro interno y de inversión extranjera, en donde el permiso a la cámara alta ya no nos niegue el control de lo que se comercia en unidades de valor tasados en la estandarización, incluso bursátil. Las universidades devendrían en unidades económicas especiales que deberán atender exigencias contextuales específicas y ya no el repaso silabárico de informaciones fetiches.

Jose Noe Mijangos Cruz Opinion

Dada la enorme experiencia del profesorado istmeño, se pondrían a trabajar modelos educativos ideologizados que devuelvan la confianza sobre una impronta de resurgimiento artesanal de la vocación del magisterio. Desde el planteamiento del profesional libre, el profesorado trabajaría sin la receta occidental de la ‘política educativa de cambio’, para regresar tímidamente a la ‘política educativa de uso’ e inventar alternativas de desarrollo ocupacional libre, que no tenga reflejos de volver a ser canalizados a la línea de ensamblaje. El Istmo de Tehuantepec conocería de cerca a una infancia y juventud que niegue su certeza histórica de morir marginada y experimente una transición de ascenso, incluso vertiginoso, que lo posicione ante el pilar de la ‘pedagógica’, en donde el bien vivir sea ahora su proyección personal.

‘Vivir de la política’ será un modelo a descartar, para pasar a gobernar y ser sucedido inmediatamente, como un paso obligado en el bien vivir. Se busca la alternancia ‘por defecto’, pues de no hacerlo el cambio sería un volver a despersonalizarnos. Trabajar como profesional libre será la incertidumbre vista como un reto disgregador de lo corporativo. Trabajar sin tiempo y sin la desgracia de buscar sólo las utilidades, podría encaminarnos hacia la virtud del pensamiento libre. Robustecer nuestro encanto perdido, admitir al otro sin resabios de pulcritud discriminatoria, podría trazar un destino más encomiable que el que no buscábamos siendo dependientes de una entidad federativa injusta y una federación perdida en su ‘graciosismo’.

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